Reconocimientos:
¡¡ Nuevamente la primavera !!
Og Mandino… regresa.
Como decimos los ganaderos:
“Invernó realmente bien”.
Regresa de invernar con otra novela que nos inspira…
Para ser algo más… de lo que somos.
Gerald N. Battle.
Pasó un mes antes de que lo volviera a ver.
Habían terminado las horas de trabajo y me encontraba solo en mi oficina tratando de disminuir la correspondencia que se había acumulado durante mi ausencia. Escuché el clic de la puerta exterior y me puse rígido. Quien quiera que haya sido, el último en salir olvidó echar llave, y las raterías se estaban convirtiendo en una forma de ganarse la vida en el vecindario.
Entonces, en la puerta de mi oficina, apareció Lázaro con movimientos sin coordinación, moviendo la cola; las orejas subían y bajaban; movía la lengua rápidamente... mientras jalaba
de la cuerda que conducía hasta su amo.
El viejo me abrazó.
-Señor Og, me da gusto verle. Lázaro y yo estábamos preocupados por usted.
-Estuve fuera de la ciudad por asuntos de negocios, Simón. Creo que alguien está tratando de cambiar mi vida.
-¿Para bien?
-No estoy seguro. A lo mejor usted puede decírmelo.
-Sabía que no estaba aquí, señor Og. Todos los días me asomaba por la ventana para ver su pequeño auto café. Nada... ni auto, ni señor Og. Y entonces, esta mañana ahí estaba. Me sentí
tan contento. Quería verlo y al mismo tiempo no quería molestarlo. Tardé todo el día en armarme de valor para venir a verle.
-Me alegro de que lo hiciera. De todas formas yo hubiera ido a buscarle para decirle las noticias sobre el libro.
-¿Son buenas?
-Todavía no estoy seguro de lo que me está pasando.
El viejo asintió y me dio unas orgullosas palmadas en el hombro. Después condujo a Lázaro hasta el perchero, en donde lo amarró.
El perro enterró la nariz en la alfombra y cerró los ojos.
-Se ve maravillosamente, Simón. Jamás lo había visto de traje y corbata.
Mi visitante tocó tímidamente la solapa de su arrugado saco Con sus enormes dedos y murmuro:
-No podía visitar al presidente de una compañía pareciendo un vagabundo, ¿o sí?
-¿Por qué no? Supongo que ustedes, los traperos, trabajan con disfraces de todos tipos y probablemente se han infiltrado en un mayor número de vidas que la CIA. Son ángeles sin portafolios.
El comienzo de una sonrisa se evaporo repentinamente cuando dije la palabra "ángeles".
Después se repuso y forzó una irónica sonrisa.
-Solo un escritor podría lograr una descripción tan aguda. Sin embargo, nosotros los traperos carecemos de recursos. Además existe una explosión demográfica de basureros humanos tan
vasta que no somos suficientes para hacer el trabajo adecuadamente. Me pregunto si el editor de su revista, el señor W. Clement Stone, es trapero.
Los dos volteamos hacia el retrato de mi jefe que me miraba cálidamente desde la pared que se encuentra a la derecha de mi escritorio.
-Debe serlo, Simón. Él me sacó de un basurero, hace dieciséis años, cuando estaba acabado, solo y bebiendo con frecuencia.
Es gracioso, pero parece ser que ustedes los traperos tienen
una política de silencio en cuanto a sus buenas obras. Debido a que me encuentro cerca de él he tenido la oportunidad de conocer a algunas de las personas a las que ha ayudado el señor Stone y, sin embargo, muy pocas de sus acciones como buen samaritano se publican en los periódicos.
Simón movió la cabeza en señal de aprobación.
-Esto se debe a que los traperos tratamos de seguir la ley bíblica que Lloyd Douglas hizo famosa en su libro Magnificent Obsession.
-O sea, hacer el bien y... callarse.
Su explosiva risa llenó la habitación.
-Eso es lo que quise decir, aunque nunca había oído que lo dijeran de esa misma forma. Creo que sigo prefiriendo el mandato original de Jesús, como lo escribió Mateo.
-Simón, ¿sabía usted que cuando se publicó el libro Magnificent Obsession la venta de Biblias se elevó increíblemente en todo el mundo?
-¿Por qué, señor Og?
-Porque todos empezaron a buscar el pasaje bíblico que dio origen a dicho libro, y Douglas, con un rasgo de ingenio, jamás lo señaló específicamente en su libro. El buscar el pasaje casi llegó
a convertirse en el pasatiempo más popular en este país durante un año, o más, haciendo de Magnificent Obsession un best seller. Además, aquellos que encontraron dicho evangelio, o Capítulo lo conservaron como un secreto al que podía aspirarse sólo si se descubría personalmente.
-Podríamos utilizar ese truco actualmente, señor Og.
-Sí. ¿Conoce el pasaje, Simón?
El viejo sonrió, se levantó y me observo desde el otro extremo del escritorio, cerró su mano derecha manteniendo erguido el índice hacia mí... Y mientras lo movía, dijo:
-"Estad atentos a no hacer vuestra la justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos.
"Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya, recibieron su recompensa.
"Cuando des limosna, no sepa la izquierda lo que hace la derecha para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará".
Estoy seguro de que nunca fue dicho de mejor forma... excepto en la montaña... hace dos mil años.
Le serví a mi amigo una taza de horrible café y platicamos un poco mientras caminaba, taza en mano, lentamente por mi oficina. Se detuvo frente a la pared en la que se encuentran algunas fotografías autografiadas y leyó en voz alta los nombres; su voz aumentaba en volumen gradualmente cada vez que leía otro nombre más, como queriendo significar que estaba impresionado.
El viejo lobo me estaba toreando y me encantaba.
-Rudy Vallee, Art Linkletter, John F. Kennedy, Charles Percy, Harland Sanders, Joey Bishop, senador Harold Hughes, Frank Gifford, James Stewart, Robert Cummings, Robert Redford, Barbra Streisand, Ben Hogan, Norman Vincent Peale...
¿éstos son sus amigos?
-Algunos sí... y los otros pensaron mostrar su agradecimiento por un artículo que les hicimos algún día.
-Me gusta James Stewart. Todas sus películas... son buenas. ¿Lo conoce?
-Le conocí hace muchos años. Yo era bombardero de su grupo B-24 durante la Segunda Guerra Mundial.
-¿Stewart era valiente?
-Muy valiente. Terminó su viaje de combate mucho antes de que hubiera escolta para proteger a nuestros bombarderos. Además podía beber más que ninguno de nosotros.
-Bien. Bien.
Simón prosiguió con él, inventario de mi oficina, probablemente comparándola con la decoración de su antigua oficina presidencial en Damasco. Un leve olor a alcanfor emanaba de su traje de corte severo y, sin embargo, lo llevaba con una dignidad y estilo que permitían imaginarlo detrás de un enorme escritorio de caoba, dando consejos cuando estos eran necesarios y también poniéndose difícil cuando alguien lo merecía.
Finalmente dejó la tasa de café y dijo:
-No puedo esperar más tiempo. Dígame sus buenas nuevas, señor Og.
-Usted me trajo buena suerte, Simón; estoy seguro de ello. Debe existir mucho de duende debajo de esa fachada de trapero suya. ¿Recuerda esa última noche, en su casa, cuando descubrimos todas esas sorprendentes coincidencias entre el héroe de mi libro y usted?
-¿Cómo puedo olvidarla?
-Bien, cuando llegué a mi casa encontré un mensaje de mi editor, Frederick Fell. Cuando le llamé me dijo que una gran editora de ediciones de bolsillo quería una cita con él, su vicepresidente, Charles Nurnberg, y conmigo, el lunes, para discutir la posible compra de los derechos de reimpresión de mi libro. Por lo tanto, la noche de ese domingo viajé hacia Nueva York.
-¿Estaba preocupado, nervioso?
-No mucho... por lo menos esa noche. Pero a la mañana siguiente, en Nueva York, me levanté a las seis y fume mucho y bebí una tonelada de café mientras esperaba que fuera hora de la reunión a la una. Aún así, llegué al edificio de la editorial, en la Quinta Avenida, con una hora de anticipación.
Entonces... hice algo que no había hecho durante mucho, mucho tiempo. Justo al lado se encontraba una iglesia. Ni siquiera recuerdo el nombre, pero estaba abierta y entré.
-¿Que hizo después?
-Recé. En realidad caminé hasta el altar, me arrodillé y recé.
-¿Cómo rezó?
-De la única forma que se hacerlo. No pedí nada, solamente que Dios me diera el valor y el camino para manejar lo que viniera.
Es gracioso, Simón, pero casi pude escuchar una voz que
preguntaba: "¿Dónde has estado, Og?" Entonces, antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, comencé a llorar... y no podía parar. Afortunadamente no había nadie, pero de todas formas me sentí como un tonto.
-¿Por qué lloraba? ¿Lo sabe?
-Me imagino que el estar en una iglesia me recordó todos esos domingos en los que iba a misa con mi madre cuando yo era joven. Mi mundo casi terminó cuando ella murió, de un ataque cardiaco, justamente después de terminar la preparatoria. Ella era algo especial y me había convencido de que yo iba a ser escritor desde que estaba en la primaria.
Todavía recuerdo cómo revisaba mis composiciones y otros trabajos escritos que llevaba a casa. Teníamos una relación tan buena que ella criticaba mi trabajo, constructivamente, y yo siempre lo aceptaba y resolvía esforzarme más. Estaba tan orgullosa cuando me convertí en redactor de noticias de nuestro periódico del colegio que cualquiera pudo haber pensado que, había sido contratado por el New York Times. Ella quería que fuera a la universidad, pero en mil novecientos cuarenta estábamos pasando por una época difícil. Entonces murió... y yo entre a la Fuerza Aérea de la Armada.
-¿Nunca fue a la universidad?
-No.
El viejo volvió a observar mi oficina y sacudió la cabeza.
-Sorprendente. ¿Qué más sucedió en esa iglesia?
-Nada más. Finalmente dominé mis emociones, y para entonces ya casi era hora de nuestra cita, por lo que salí de la iglesia, crucé la calle y entre al edificio. Cuando salí del elevador en el piso veintiséis, me encontré a mí mismo caminando a lo largo de un gran corredor tapizado con fotografías de algunos de los escritores más famosos del mundo, cuyos libros habían sido publicados por esa compañía. Lo único que podía pensar era.
"Mamá, lo logramos. ¡Estamos aquí junto a lo mejor!"
-¿Y su reunión con los ejecutivos de la compañía?
-Fue extraordinariamente bien. Una gran mesa de juntas, una gran habitación, muchos nombres, muchas caras. Como supimos después, ya habían decidido comprar los derechos de reimpresión. Lo que querían saber era si mi persona era adecuada para la promoción y el mercado junto con el libro.
-Balzac, Dickens, Tolstoi... habrían fallado en ese examen.
-Posiblemente esté en lo cierto. En fin, les hablé durante diez minutos, les dije como escribí el libro, y me imagino que les cause una buena impresión.
Ahora el viejo estaba reviviendo sustitutivamente cada minuto de mi actuación. Se recostó excitadamente y me señaló con ambas manos, motivándome para que continuara.
-Finalmente, el director de la junta observó a mi editor, Fred Fell, y le preguntó qué queríamos a cambio de los derechos. El señor Fell, con su mejor voz de jugador de póquer, contestó que deseaba un dólar por cada ejemplar en cartoné vendido hasta la fecha... y hasta ese momento habíamos vendido trescientos cincuenta mil ejemplares. Se dejó oír un poco de excitación alrededor de la mesa y el director dijo que no habían pensado llegar tan lejos. Entonces se excusó, hizo una seña a uno de los vicepresidentes, y ambos dejaron la habitación. Me imagino que solamente tardaron unos minutos, Simón, pero para mí fue como un siglo. Cuando regresaron, el director se dirigió hacia el señor Fell, le tendió la mano y él se la estrechó.
¡Así fue!
-¿Así de sencillo?
-Sí.
-¿Le están pagando trescientos cincuenta mil dólares?
-Sí.
- ¡Señor Og, usted es rico!
-No tanto como piensa. El señor Fell se queda con la mitad de eso y ambos lo compartimos con el Tío Sam.
-Pero, señor Og, ya ha obtenido una suma considerable en regalías por todos esos libros en cartoné, ¿o no?
-Sí.
-¿Sabrá usted que F. Scott Fitzgerald recibió solamente cinco dólares quince céntimos de regalías, tres años después de publicarse The Great Gatsby y que para la fecha de su muerte esa obra maravillosa estaba ya descontinuada?
-No, no lo sabía, Simón. No me malinterprete. No soy desagradecido. Todavía no puedo creerlo.
Posiblemente fue mi oración en la iglesia.
-Y probablemente fueron las oraciones de su madre, amigo. Ahora dígame, ¿a dónde ha estado el resto del mes?
-Bien, ya que la edición de bolsillo no saldrá hasta la próxima primavera, el señor Fell decidió promover la edición actual durante el verano y el invierno, por lo que estuve de acuerdo en salir en viaje de promoción para la radio y la televisión durante tres semanas. He estado en catorce ciudades, he sido entrevistado más de noventa veces... está empezando a gustarme...
aun hasta las sesiones de autógrafos en las librerías.
-Estoy muy feliz y orgulloso por usted, señor Og.
Permanecimos sentados durante un rato, éramos dos camaradas compartiendo una victoria.
Platicamos un poco antes de que tuviera el valor suficiente para preguntarle:
-Simón, ¿tuvo oportunidad de leer mi libro?
-Por supuesto. La misma noche que me lo regaló. Es hermoso. Los de la edición de bolsillo venderán millones de copias.
Señor Og, el mundo necesita su libro.
Eso era adecuado para mí. Podían hacer todas las demás críticas del libro que quisieran.
Simón se levantó y dijo:
-Venga. Debemos celebrar, con un jerez, su buena suerte.
Acepté.
Después de habernos instalado en las sillas acostumbradas y de que Simón había servido el jerez, resumió nuestra conversación en la oficina.
-Señor Og, las asombrosas similitudes entre su gran vendedor y mi vida me han dado muchas noches de insomnio. Y las extrañezas posibles, después de todas las demás coincidencias, como es que tanto la esposa de Hafid como la mía se llamaran Lisha, deben estar más allá de la capacidad de cálculo de una computadora.
-He tratado de olvidarme de todo, Simón. Creo que las personas que estudian la percepción extrasensorial llaman precognición a este tipo de cosas. O puede no serlo. Escribí el libro antes de conocerle, pero usted vivió esos sucesos antes de que yo escribiera el libro. No se cómo llaman a esto, pero me aterra pensarlo.
¿Usted cree que sólo se trata de una coincidencia?
El viejo suspiró y sacudió la cabeza.
-Coleridge escribió que la casualidad es solamente un seudónimo de Dios para esos casos particulares en los que Él escoge no aparecer de modo abierto mediante su firma.
-Me gusta eso. Y si este es uno de los secretos de Dios no creo que haya mucho que podamos hacer... por lo tanto no voy a profundizar en ello. Ni siquiera lo he discutido con alguien.
¿Quién me creería?
-Es una suerte que nos tengamos el uno al otro, señor Og.
Bebimos nuestro jerez en medio de una tranquilidad que solamente puede, ser experimentada por dos personas que verdaderamente se relacionan entre sí, una paz que no necesitaba ser molestada con palabras sencillamente para reforzar la amistad. No sabía lo que Simón pensaba, pero yo estaba tratando de armarme del valor suficiente para hacerle una sugerencia, una que me había venido a la cabeza mientras volaba desde Nueva York después de mi reunión con los editores.
Una cosa que aprendí en Nueva York era que un buen esfuerzo propio y una inspiración al escribir eran de primordial importancia. Parecía ser que ya se tratara del estado de la nación, o sólo otro ciclo publicitario, todas las editoriales estaban buscando otro Wake Up And Live (Despierte y viva) o The Power Of Positive Thinkins (El poder del pensamiento positivo) o How
to Win Friends and Influence People (Cómo ganar amigos y como influir en las personas). Cada vez que nuestro país va de pique parece ser que los libros sobre esfuerzo propio llegan al máximo de ventas y la mayoría de los editores tratan de adelantarse al futuro, y aparentemente el país se dirigía hacia otra "baja". Pensé que Simón era una persona con talento innato. Me aventuré.
-Simón, ¿a cuantas personas cree haber ayudado en su papel de trapero?
No vaciló.
-En los trece últimos años... cien.
-¿Exactamente?
-Sí.
-¿Cómo lo sabe? ¿Ha llevado algún tipo de diario?
-No. Al principio de mi aventura mis intenciones eran buenas pero mis métodos para tratar de ayudar constituían un intento y un error... principalmente un error. Me temo que hice más daño que bien a esos primeros casos que descubrí, ya que les saqué parcialmente de su muerte viviente y después, a causa de mi ignorancia, les dejé caer nuevamente. Trataba de ayudar de diferente manera a cada uno de acuerdo con su personalidad individual. Gradualmente me di cuenta que debido a que somos diferentes (cada uno único en su forma), nuestra falta de dignidad que originó nuestro fracaso, es una enfermedad universal producida siempre por un complejo de ansiedad, culpabilidad o inferioridad... los tres niveles de los problemas emocionales aceptados por la mayoría de los estudiantes de siquiatría. Como no sabía mucho sobre esta materia, tuve que aprenderlo en la forma más difícil... en la calle y en los basureros, y después en mis libros.
-¿Y cuando descubrió este común denominador hizo algo para uniformar su sistema de ayuda?
-Sí. El hombre ha estado tratando de resolver el reto de su escurridiza dignidad desde que empezó a caminar erguido, y los sabios han escrito sobre la enfermedad y su cura durante varios siglos... cada uno ha dado una solución similar, la cual, claro está, seguimos ignorando.
Cuando esta verdad se me presentó claramente, dediqué varios meses encerrado en este departamento a la lectura de mis libros, extrayendo y purificando los verdaderos secretos del éxito y la felicidad para ponerlos en palabras tan sencillas como las verdades que proclaman... tan sencillas que la mayoría de los individuos que buscan una respuesta para sus problemas las reconocieran inmediatamente, sin tener que pagar un alto precio por seguir dichas normas sencillas al intentar conseguir una vida feliz y llena de significado.
-¿Cuantas normas son?
-Sólo cuatro... y después de esos meses de trabajo y una montaña de apuntes, me pareció que las pocas páginas que contenían la esencia de los secretos del éxito no merecían todo el trabajo que había realizado. Entonces me recordé a mí mismo que se necesitaban ya varias toneladas de piedra para producir una onza de oro. Subsecuentemente tomé mis descubrimientos y los
utilicé a mi manera... y ¡jamás han fallado!
-¿Posee ese material en forma escrita?
-Cuando terminé mi trabajo, en forma manuscrita, lo lleve a un pequeño establecimiento de Broadway. Lo escribieron a máquina, con el formato que les proporcioné, y copiaron cien veces el original. Después numeré cada copia, del uno al cien.
-¿Cómo distribuyó el material? ¿Usted no lo proporcionó a cada alma vagabunda que encontraba, verdad?
-Oh, no. Por lo general el hombre no se precipita a un basurero hasta después de darse cuenta de que nadie se preocupa realmente por él. Cuando encuentro a alguien que necesita ayuda, primero trato de convencerlo de que todavía existen dos que se preocupan por él o ella: Dios... Y yo.
Uno en el cielo... y otro en la tierra.
-¿Y después?
-Una vez que lo he convencido de que verdaderamente nos Preocupamos y queremos ayudarlo, una vez que sé que confía en mí, le digo que le voy a proporcionar un documento muy especial que contiene un mensaje de Dios. Le digo que lo único que quiero son veinte minutos de su tiempo todos los días, para que lea el mensaje que Dios le mandó... justamente antes de ir a dormir. Y que eso tiene que ser durante cien noches consecutivas. A cambio de esos veinte minutos diarios, que es un precio muy reducido, especialmente para quienes el tiempo ya no tiene mucho valor, aprenderá cómo salir del basurero y realizar el milagro más grande del mundo. Resucitará de su muerte viviente, literalmente, y al fin logrará todas las verdaderas riquezas de la vida con las que ha soñado. En otras Palabras, el mensaje de Dios, absorbido día a día por su subconsciente más profundo, que nunca duerme, les permite convertirse en su propio trapero.
¡Su esfuerzo propio al máximo!
-Un mensaje de Dios. ¿No le asusta eso? Especialmente porque usted parece una fotografía de Dios. Su barba, su figura, su forma de ser, su altura, su voz...
-Señor Og, se está olvidando de algo. Yo empujé a estas personas fuera de sus propios infiernos. De su mente ya han abandonado esta vida. Están completamente seguros de que nada puede ayudarles y por eso están deseosos de asirse a cualquier mano que se les tienda.
Es un poco de esperanza.
-¿Esperanza?
-Sí. ¿Conoce la historia del famoso fabricante de perfumes al cual se le pidió durante la comida que ofreció el día de su retiro que explicara el secreto de su éxito? Le recordó al público que el éxito no había surgido por las finas fragancias o los envases o los métodos de mercado que había utilizado con tanto ingenio. Había triunfado debido a que era el único fabricante de perfumes que se había dado cuenta de que lo que estaba vendiendo a las mujeres no era aromas exóticos o glamour o magnetismo sexual.
Lo que les vendía era... ¡esperanza!
-Eso es maravilloso. Ahora bien, regresando al mensaje de Dios...
-En realidad, señor Og, cuando les proporciono el documento se percatan de que no sólo es un mensaje... es un memorándum de Dios. Tengo el documento escrito e impreso con el mismo formato que se utiliza en los memorándums de las oficinas.
Empecé a reír.
-¿Un memorándum de Dios? ¡Simón...!
-¿Por qué no? Hace mucho tiempo Dios se comunicó con nosotros esculpiendo los diez mandamientos en dos tablas que mandó a Moisés en el monte Sinaí. Más tarde, escribió una advertencia en las paredes del palacio del rey Baltasar. ¿Cómo se comunicaría actualmente con nosotros, si decidiera hacerlo por escrito?
¿Cuál es la forma más moderna de la comunicación escrita?
-¿Los memorándums?
-Exacto. Son concisos; tienen una forma universal; son prácticos, y pueden encontrarse en casi todos los países del mundo. Nuestra nación funciona mediante memorándums... o, a lo mejor, a pesar de ellos. ¿Cuántos trabajadores empiezan cada día con las instrucciones que de sus supervisores reciben en forma de memorándums... memorándums puestos en pizarrones...
pegados en las troqueladoras... al final de las líneas de ensamble... en todas las fuerzas armadas... y pasan de mano en mano en millones de oficinas? Un memorándum se relaciona mayormente con esta generación... ¿así, que formato más efectivo que un breve memorándum de Dios podría dárseles a todos aquellos que necesitan la ayuda de los cuatro secretos de la felicidad y el éxito, en este apresurado mundo?
Su revelación me sacudió de tal forma que casi había olvidado la razón por la cual había sacado a relucir todo esto. En parte, para mí mismo, murmuré:
-¿Un memorándum de Dios?
Simón me escuchó y señaló hacia sus libros.
-¿Por qué no? Me ha oído exponer, suficientes veces, mis teorías acerca de que Dios estaba involucrado en la escritura de muchos libros. Yo sólo extraje la esencia, suprimí a los mediadores humanos, y escribí un mensaje que proviene directamente de Dios.
-Querido amigo, ciertamente no soy un experto en dicha materia, ¿pero no podrían llamar a esto una blasfemia algunas personas?
El viejo sacudió la cabeza en esa forma tan especial que hace uno cuando trata con un niño que obviamente está teniendo problemas para entender algo que le parece tan sencillo a un adulto.
-¿Por qué razón va a ser una blasfemia? La blasfemia se relaciona con asuntos de Dios tratados de una forma profana o burlona. Lo que yo he hecho ha sido realizado con amor y respeto sin pensar obtener algún beneficio personal, ¡y... funciona!
-¿Cómo funciona, Simón? No me está diciendo que simplemente por leer un memorándum de veinte minutos, proveniente de Dios o de cualquier otro, una persona puede cambiar su vida por otra mejor. ¿Puede tener la lectura de cualquier clase algún tipo de influencia sobre alguien... ya sea para bien o para mal? Recuerdo haber leído hace poco tiempo un informe de la comisión contra el crimen, en el cual uno de los miembros de esa comisión dijo, que no existía
una relación directa entre la pornografía y el crimen y que, por lo que sabía, nadie había concebido ni se había enfermado por leer un libro sucio.
-Señor Og, la persona que hizo esa declaración debe ser muy estúpida e ingenua. Recuerde lo que le dije sobre los pensamientos que posee un individuo y como afectan sus acciones y su vida. Estoy de acuerdo en que el simple hecho de leer un memorándum de veinte minutos, una vez, hará muy poco. Pero, leer el mismo mensaje cada noche, antes de ir a la cama, abre muchos pasajes ocultos de la mente... y, durante la noche, esas ideas se filtran a todos los niveles de su ser. Al día siguiente, cuando está despierto, empieza a reaccionar inconscientemente, casi imperceptiblemente al principio, de acuerdo con el mensaje que imprimió en su cerebro la noche anterior. Lentamente, día a día, usted cambia... ya que el mensaje se trasforma de palabras e ideas en acción y reacción por su parte. No puede fallar, suministrándole lectura e impresión todas las noches.
-Pero, Simón, hemos poseído los Diez Mandamientos durante varios miles de años y observe la confusión en la que se encuentra el mundo.
-Señor Og, no culpe a los Mandamientos. ¿Cuantas personas los leen? ¿Puede usted, por ejemplo, recitar los diez?
Negué con la cabeza, y para ese entonces casi había olvidado mi idea original que dio lugar a esta conversación. Volví a intentar un acercamiento:
-Simón, usted mencionó que había ayudado a cien individuos. También dijo que cuando mandó imprimir el "Memorándum de Dios" había ordenado cien copias y las había numerado. ¿Significa eso que ahora no tiene, ni una?
-Sí, excepto por el original, de la cual fueron reproducidas las otras.
-¿Va a mandar hacer más?
-Señor Og, soy viejo y mis días están contados y, como ya le dije antes, existen muy pocos traperos. Es hora de que realice el esfuerzo supremo de multiplicarme para que mi trabajo continúe después de que me haya ido.
-¿Cómo le va a hacer, Simón?
-Me gustaría que considerara una proposición. Me encantaría que leyera el original del "Memorándum de Dios" y viera si llena lo que debería ser su destino... su destino preordenado.
-¿Cómo?
-Al final de su libro, su vendedor más grande del mundo, entonces un viejo como yo, pasa sus diez pergaminos del éxito a una persona muy especial. ¿No sería posible que, después de todas esas misteriosas coincidencias entre el héroe de su libro y mi persona, tuviéramos una más... la última coincidencia?
-Lo siento, Simón, pero no le entiendo.
-Si quisiera, si aceptara... me gustaría proporcionarle el original del "Memorándum de Dios" a una persona muy especial... ¡usted!
Si le agrada, si se convence de que puede ayudar a otros
como yo le aseguro que puede, cuenta con mi autorización para incluirlo en uno de sus futuros libros, si así lo desea, y de esta manera será conocido por el mundo y beneficiará a miles -posiblemente a millones- de personas.
¿De qué mejor forma puede un viejo trapero multiplicarse a sí mismo?
¿Había leído mi pensamiento? ¿Se trataba dé otra imposible coincidencia el que él me ofreciera su escrito este día, y todos los días en los que había estado planeando pedírselo?
-No sé qué decirle, Simón. Me siento honrado de que usted pueda considerarme su instrumento de trasmisión.
-Usted sería lo ideal. Pero no tome una decisión apresurada sobre esto. Considérelo durante varias noches. Todavía hay tiempo. Y, por supuesto, si acepta el "Memorándum de Dios" debo pedirle un pequeño pago por mi trabajo, como lo haría cualquier autor que se respetase a sí mismo.
-¿Pago? De acuerdo.
-No, no... no me entiende. No estoy hablando de dinero. Si el "Memorándum de Dios" pasa a sus manos, es necesario, en primer lugar, que me prometa que lo usará personalmente antes de que lo presente al mundo. Usted es una persona maravillosa y sensible, señor Og. Pero hay en su mirada algo que me dice que no ha encontrado la paz o la satisfacción o la realización, aun a pesar de todos sus éxitos. El mundo lo alaba, pero usted no se elogia.
Para mí, existe ese sentido familiar de desesperación en su comportamiento. Algo que no se ha llevado a cabo en usted y tengo miedo que tarde o temprano explotará, a menos de que vuelva a trazar su mundo.
Si explota, caerá hasta lo más profundo del basurero, y este viejo trapero ya no estará para salvarle. Eso no debe ocurrir.
Algunos gramos de prevención valen más que un kilo de curación. Por lo tanto, cuando usted reciba el “Memorándum de Dios” debe estar de acuerdo en que primero lo empleará para reafirmar y guiar su propia búsqueda de la felicidad y la paz mental.
Entonces, y sólo entonces usted lo trasmitirá a quienes estén listos ... a quienes posean ojos para ver y oídos para escuchar ... y el deseo de ayudarse a sí mismos.
-¡Está bien, Simón...!
-Señor Og, usted posee un gran potencial. Es un extraño talento. No debe desperdiciarse. ¡Veré que eso no pase!
-Simón, sus palabras hacen que me sienta muy humilde, muy pequeño.
-Está muy lejos de ser insignificante, querido amigo. ¡Observe! Observe en qué lugar he puesto su libro.
Volví la cabeza y seguí la dirección de su mano abierta hacia la pila más alta de libros de "la mano de Dios" de su sala.
¡Ahí, hasta arriba de todos, estaba el mío!
Simona.
Continuará.
Dionne Warwick, Elton John, Stevie Wonder "That's What Friends Are For" [subtitulado]

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