Capítulo 7
¿Porque es fácil identificarse con Og Mandino cuando se leen sus obras?
Porque “De la abundancia del Corazón… habla la boca”
El Milagro más grande del mundo, revela los horizontes de seguridad, felicidad y realización personal que EL VENDEDOR apenas le hizo vislumbrar. Donde el Vendedor se quedó… El Milagro… Empieza.
El grueso sobre de manila descansaba ominosamente sobre mi escritorio ese lunes que jamás olvidaré.
Había estado de viaje nuevamente en lo que estaba convencido que sería el último viaje de promoción de mi libro. Este aburrido viaje había tomado dos semanas, doce vuelos, diez ciudades, diez camas de hoteles extrañas, diez llamadas tempraneras para despertarme... y la misma serie interminable de preguntas y respuestas desde Nueva Orleáns hasta Monterey.
Llegué temprano a la oficina esperando poder adelantar el trabajo acumulado en la canastilla de “entradas”. El olor del café recién hecho impregnaba el lugar. Solamente Vi Noramzyk, quien había llegado temprano desde siempre, se me había adelantado.
Tomé el sobre marrón y observé la cuidadosa escritura europea del anverso con una combinación de horror y pánico. En la esquina superior izquierda, en donde generalmente se
escribe el remitente, se encontraban las siguientes palabras:
Un regalo de despedida de parte de un viejo trapero.
En el centro del sobre se encontraba mi nombre y la dirección de mi oficina:
Sr. OgMandino, Presidente de la revista Sucess Unlimited
6355 Broadway Chicago, Illinois 60660
En la esquina superior derecha se encontraban las estampillas con valor de un dólar veinte céntimos. No estaban canceladas. No había ninguna marca de la oficina de correos.
Aventé el paquete y salí corriendo de mi oficina justo en el momento en el que empujé la puerta que da al corredor, Pat entraba. Su sonrisa de bienvenida se esfumó cuando observó
la expresión de mi rostro.
-¿Qué pasa?
La así por un brazo y prácticamente la empujé hasta mi oficina. Entonces me incliné hacia el escritorio para levantar el sobre de donde lo había arrojado y se lo mostré.
-¿Cuándo recibimos esto?
Tomó el sobre de mis manos, leyó el mensaje y se encogió de hombros.
-No lo sé. Toda su correspondencia está en la caja. No había visto esto antes... No estaba aquí cuando cerré el viernes. Debe haber llegado esta mañana. Posiblemente llegó por medio de un
mensajero, ¿no? Tomé el teléfono con violencia y marqué los dígitos 24... o sea, los de nuestro departamento de suscripciones. BarbaraVoigt, nuestra gerente de suscripciones, no tuvo tiempo de darme la bienvenida.
-Barbara, pídale a Vi que suba a mi oficina, por favor.
Vi llegó pronto a mi oficina, deteniéndose incómodamente en la puerta; su cara angelical expresaba preocupación e intriga por la razón por la que quería verla.
-Vi, ¿abrió la oficina esta mañana?
-Sí, siempre lo hago.
-Lo sé. ¿Le dio alguien este paquete?
-No.
-¿Vio a algún extraño cuando abrió esta mañana?
-No, nadie andaba por aquí, excepto Charlie, el portero. Yo sólo preparé el café; como siempre,
Esperé hasta que se llenó la cafetera, me serví una taza y salí. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Está bien. No se preocupe. Gracias.
Deposité el sobre en mi escritorio. Tomé mi sobretodo y salí corriendo de mi oficina. La acera estaba empezando a volverse blanca debido a la primera nevada de Chicago, y vagamente recuerdo haberme resbalado, y haber caído varias veces mientras corría hacia el estacionamiento; atravesaba la calle Winthrop y me adentraba en el edificio donde vivía, Simón. No me molesté en tocar la campana y subí apresuradamente las escaleras hasta llegar al segundo piso. Cuando llegué, empecé a golpear la puerta del apartamento de Simón. Finalmente se abrió la puerta y me encontré a mi mismo observando la cara de una mujer cuyo cabello estaba lleno de rizadores, y que sostenía a un pequeño entre sus brazos.
Otro mugriento niño se abrazaba fuertemente a la bata rosa de la mujer. Pensé que Simón debía estar involucrado en otra de sus misiones de caridad.
-El señor Potter, por favor.
-¿Quién?
-El señor Potter. El viejo. Él vive aquí.
-Aquí no vive nadie con ese nombre.
-¿De qué está hablando? Él ha vivido aquí durante años. Dígale que Almandino está aquí.
-Mire, Mac, mi nombre es Johnson. He vivido aquí durante cuatro años y tengo que saber que aquí no hay nadie llamado Potter.
Empezó a cerrar la puerta pero lo impedí con el brazo y entré al departamento.
-Vamos, señora, no juegue conmigo. Yo he estado en este departamento más de cien veces durante este año. Un viejo llamado Simón Potter vive aquí. ¿En dónde está?
Antes de que la mujer pudiera responder, mis ojos revisaron el departamento, y mientras lo hacía sentí cómo se me enchinaba la piel. Ni una sola cosa me era familiar.
Nuestros dos sillones favoritos no estaban ahí. No estaban las pilas de libros. La alfombra había sido remplazada por un espantoso linóleum anaranjado y azul. La mujer, quien ahora apretaba al pequeño contra su pecho, murmuró:
-Mac, le doy cinco segundos para que se largue antes de que empiece a gritar y llame a la policía. ¡Quién demonios se cree que es para entrar en esa forma a mi departamento, animal!
Debería estar en la cárcel o en un manicomio. ¡Lárguese!
Sentí que las piernas me temblaban. Tenía el estómago hecho nudos. Tenía ganas de vomitar. Me dirigí lentamente hacia la puerta y elevé mis brazos con desesperación.
-Lo siento, señora. Probablemente me encuentre en el departamento equivocado. ¿Conoce a Simón Potter? Viejo, piel oscura, muy alto, y posee un perro, un bassett.
-No hay nadie con esas señas en este edificio. Tendría que conocerlo, he vivido aquí durante cuatro años.
-¿En el departamento de junto?
-En esa dirección vive una viejilla italiana con su hija. En ésa, ahí, un negro que vive completamente solo. Le digo que aquí no vive nadie llamado Potter. ¡Ahora desaparezca!
Me disculpé una vez más y salí hacia el corredor. La puerta se cerró de golpe y pude observar los números rojos que me eran tan familiares... 21. Seguía sintiéndome débil, así que
me senté en las escaleras para tratar de ordenar mis pensamientos. ¿En dónde estaba Simón?
¿Estaba soñando todo esto? Si era eso, entonces estaba teniendo una pesadilla infernal.
En cualquier momento, pensé, saldría RodSerling bajando las escaleras y me daría la bienvenida a otro programa más de la serie "Galería nocturna".
Entonces, tuve una idea. Bajé las escaleras corriendo, pasé el vestíbulo, y salí disparado hacia el sótano. En el último extremo podía observar una luz y podía escuchar el zumbido del
calentador de petróleo. Una figura ligeramente sombreada estaba recostada en el respaldo de una silla debajo de la única lámpara.
-¿Es usted el portero?
-Sí, señor, sí, señor.
-¿Ha estado aquí mucho tiempo?
-Toda la noche.
-No. no... quiero decir, ¿cuánto tiempo ha trabajado en este lugar?
-En febrero cumpliré once años.
-¿Existe algún Simón Potter registrado como propietario de un departamento de este edificio?
Alto, de piel oscura, pelo largo. Barba. Se parece mucho a Abraham Lincoln. Tiene un perro, un bassett.
-En este edificio no están permitidos los perros.
-¿Conoce al hombre que le describí?
-No, señor.
-¿Ha visto alguna vez al hombre que le he descrito,, ya sea aquí o afuera, en la calle?
-No, señor. Conozco a todos los que viven en el edificio y prácticamente a todos los del vecindario, y cerca de aquí en los últimos once años y jamás he visto al hombre que dice, se lo
Aseguro.
Está seguro?
-Completamente seguro.
Subí los escalones corriendo, atravesé la calle hasta el estacionamiento y abrí el auto.
Finalmente me encontré en la estación de policía de la avenida Foster, aunque sigo sin recordar cómo llegué hasta ahí. Estacioné mi auto entre dos autos patrulla y corrí hasta la estación.
Esperé impacientemente frente a la ventanilla alambrada hasta que un joven sargento hizo una fría señal de asentimiento.
-Sargento, mi nombre es Mandino y mi negocio se encuentra en Broadway.
-sí, señor.
-Una persona ha desaparecido. Tenía un amigo que vivía en un apartamento, en el número 6353 de la calle Winthrop. Lo conozco desde hace más de un año. Estuve fuera dos semanas y cuando regresé, esta mañana, había un paquete sobre mi escritorio, el cual tenía mi nombre y dirección y algunas palabras en la esquina, superior izquierda que suponía que ese era un regalo de despedida de su parte.
-¿Qué había dentro del paquete?
-No lo sé. En el momento en el que leí el mensaje de despedida corrí a su departamento y...
-¿Y...?
-Él no estaba ahí. Más aún, las personas que se encontraban en su departamento dijeron que él nunca había vivido ahí... y no conocían al hombre que les describí.
-¿Está seguro de haber ido al departamento adecuado?
-Estuve en él miles de veces. Departamento número 21. Hablé con el portero del edificio; no conocía a nadie llamado Simón Potter; dijo que nunca había habido una persona así en el
edificio en los últimos once años en los cuales él había trabajado en el edificio.
-¿Se siente bien, señor?
-Sí, estoy bien. Estoy sobrio y no estoy molestando, en serio. ¿Cómo diablos iba a inventar una historia tan extraña?
-Escuchamos historias más extrañas.
-No lo dudo.
-¿Cuál era el nombre de esa persona?
-Potter... Simón Potter. Tenía casi ochenta años de edad. Pelo largo y oscuro. Y barba. Alto.
Poseía un perro... un perro bassett.
El sargento encendió un cigarrillo y me estudió detenidamente durante algunos segundos
Después se volvió sin decir absolutamente nada y se introdujo en una oficina posterior.
Posiblemente pasaron unos quince minutos antes de que reapareciera.
-No hemos recogido a nadie que tenga ese nombre o responda a la descripción de su amigo,
por lo menos en las tres últimas semanas. Pero nos encontramos en una enorme ciudad. ¿Por
qué no va a echar un vistazo al hospital Cook County?
-Está bien.
-Y a otro lugar.
-¿A dónde?
-A la morgue de la calle Polk.
Me dirigí hacia el hospital. Ahí fueron considerados y pacientes conmigo y revisaron los registros de los últimos catorce días. No había nadie que tuviera el nombre de Simón o respondiera a su descripción, que hubiera sido traído para algún tipo de tratamiento. También ellos sugirieron que fuera a la morgue. Hacia allá fui. Me trataron desconsideradamente... como
Si se tratara de alguien que estuviera llenando una queja en una tienda de departamentos.
Obviamente habían escuchado historias similares, hora tras hora, sobre padres, hijos, hermanos, hermanas, amantes perdidos. Revisaron metódicamente sus archivos microfilmados
y al final se me acercó un joven que sostenía en la mano un expediente.
-Señor, tenemos a un “no identificado” quien responde a la edad y descripción general. ¿Quiere
echarle un vistazo?
Asentí con la cabeza y le seguí. Mientras caminábamos a lo largo del iluminado corredor que olía a antiséptico, tocó mi brazo y dijo:
No permita que la impresión le sobrecoja. Todavía no han inventado un desodorante que anule estos olores.
Finalmente empujó una puerta rechinante y entramos a una habitación helada llena de gigantescas gavetas alineadas, como si se tratara de archiveros. Revisó, el número de una de
ellas y jaló de la manija. Volteé la cabeza hacia otro lado no queriendo ver. Finalmente me forcé a mí mismo y observé el cuerpo desnudo de un hombre muy viejo; su cabello largo caía a ambos lados de su cara sobre su pecho; sus ojos aún estaban entre abiertos. Mi corazón latía apresuradamente mientras me inclinaba para observar mejor a este pobre ser humano sin
nombre que había caído en su último basurero.
No era Simón.
Finalmente me dirigí hacia Personas Perdidas, en South State. Nada.
La nieve caía mientras me detenía frente al estacionamiento. Salí del auto, le di la vuelta a la llave, y observé cómo se movía lentamente la barra hacia el cielo, recordando nuevamente
el primer día en la nieve cuando un extraño y hermoso hombre entró en mi vida y sostuvo en sus desnudas manos el mundo para mí. Me subí al auto, golpeé el volante con mis puños, y lo
introduje en el estacionamiento.
Debo haberme visto terriblemente mal. Hasta los integrantes de mi grupo se alejaron de mí, como si no notaran mi presencia cuando volví a entrar a mi oficina, tirando nieve, a lo largo
de la alfombra roja de la recepción. Al pasar frente al escritorio de Pat le hice una seña con la cabeza, ella se levantó y me siguió.
-Cierre la puerta… y siéntese.
Frunció el entrecejo y se sentó frente a mí. Sus ojos estaban abiertos tanto por miedo como por la preocupación.
-Dios mío, Og, ¿qué pasa?
-Creo que me estoy volviendo loco, Pat. Ahora escúcheme. Vive en la calle Winthrop, ¿no es así?
-sí, a una cuadra de aquí, aproximadamente.
-Cada mañana, cuando viene hacia aquí, ¿corta por el estacionamiento?
-Si.
-¿Ha visto alguna vez a un viejo extraño caminando por el estacionamiento? Tiene el cabello largo y barba, y anda con él un bassett. Usa ropa chistosa y generalmente está alimentando a las palomas.
Pat pensó por algunos segundos y sacudió su cabeza.
-Generalmente hay algunos borrachos por ahí, pero ninguno es como el que describe.
-¿Nunca ha visto a ese hombre? Es muy alto y muy viejo. Algunas veces lleva un crucifijo de madera colgando de su cuello.
-Nunca. ¿Qué pasa, Og? ¿Cuál es el problema?
-Está bien, Pat. Después le cuento. Gracias. Oh... detenga mis llamadas hasta que le diga.
Después que cerró la puerta traté de poner en orden mis pensamientos... cazando mariposas alusivas y efímeras de imágenes irracionales... tratando de pasar por alto el dolor
que sentía en la cabeza... y en la boca del estómago. ¿Estaba enloqueciendo? ¿Era así como llegaba a su punto máximo una depresión con la incapacidad de relacionar un pensamiento
racional con otro? ¿Es esto de lo que advierten todos los seminarios para ejecutivos y libros que le pasará si presiona a su cuerpo y cerebro hasta más allá de sus límites, al tratar de comprimir varias vidas en una por el loco intento de triunfar? ¿Finalmente el cerebro se confunde de canal en usted y le fuerza a participar de una tierra de fantasía de actos y conversaciones con personajes sacados de algún cuento infantil ya olvidado? ¿Es este el último escape cuando las presiones y responsabilidades se hacen demasiado grandes para hacerles frente?
¿Era Simón un sueño? Imposible. Más aún, si Simón estaba cerca del estacionamiento casi todas las mañanas, ¿por qué Pat nunca lo había visto? ¿Y el departamento? ¿Me estaba jugando
alguien una especie de broma macabra? Además, ¿por qué jamás había hablado de Simón con alguna persona? ¿Y qué sobre sus pláticas... aquellas horas inapreciables de inspiración, saber y esperanza? Y, sobre todo, lo referente al trapero... que sacaba de los basureros a los rechazados de la raza humana... mostrándole a la gente cómo realizar el milagro más grande
del mundo... Dios mío, no podía haber inventado todo esto ni en los momentos más creativos.
Miré hacia atrás tratando de encontrar algún vestigio de cordura cuando, de repente, me di cuenta de que había estado dando vueltas entre mis manos al sobre de manila. ¡El sobre
Marrón: mi único lazo con la verdad... mi único lazo con Simón... mi prueba de que realmente existía!
-Simón, Simón... ¿dónde diablos está? No me haga esto. ¡No merezco esto de su parte!
Debo haber estado al borde de un shock... ya que gritaba en dirección de tres sillones anaranjados situados frente a mi escritorio. Finalmente tomé el sobre, lo abrí, y encontré varias
hojas escritas a máquina unidas con una grapa.
Mientras hacía esto, cayó sobre mi escritorio un objeto. Lo tomé... era un alfiler de seguridad del que pendía un pedacito de tela blanca de aproximadamente media pulgada cuadrada.
Hice a un lado el alfiler. Junto a las hojas había una carta para mí, rotulada por la misma mano que había escrito el sobre.
La carta no tenía fecha...
SIMONA.
IL DIVO. I BELIEVE IN YOU