domingo, 29 de agosto de 2010

El Milagro mas grande del mundo. Cap.5


Capítulo 5

¡Nuestra propia fuerza… sale de nuestra debilidad!

Reconocimientos:
Actualmente, cuando nos enfrentamos con el que probablemente es el desafío más grande que la historia ha conocido, el nuevo libro de Og Mandino “El milagro más grande del mundo” debería de ser leído por todo director y vendedor de ventas del país.
Los ricos depósitos de inspiración dejados en las generaciones precedentes toman una importancia nueva y vital. Nunca antes hubo una época en la cual millones de personas necesitan desesperadamente Fe, Esperanza, Aliento, Paz mental de criterios e ideales por cuales vivir y sobre todo, una creencia duradera en el futuro y progreso de la humanidad.
Lester J. Bradshaw, Jr.

No volvimos a hablar del "Memorándum de Dios" durante el verano, y el otoño mientras que nuestra amistad se convertía gradualmente en un afecto especial.
El ir al departamento de Simón casi todas las noches, y pronto también a la hora de la comida se convirtió en lo más importante de mi semana. La sobria morada de Simón se convirtió en un oasis de paz y ecuanimidad durante todos los días de trabajo, y los fines de semana parecían ser
tortuosamente interminables por no poder estar con él. Además, por razones que todavía no entiendo, jamás se los mencioné ni a mi familia ni a nadie de Success Unlimited.
Simón se convirtió en mi padre adoptivo, en mi profesor, mi consejero de negocios, mi camarada, mi rabino, mi sacerdote, mi ministro, mi gurú... mi oráculo de Delfos. Cancelé invitaciones de negocios y escapé de funciones sociales para estar con él, y literalmente comencé a sentarme a sus pies para escuchar mientras daba una conferencia a su clase de un integrante, o sea, yo.
Demostrando tener una cantidad sorprendente de conocimientos y experiencia, podía hablar, en periodos que parecían ser demasiado breves, sobre el amor, la política, la religión, la literatura, la siquiatría, la naturaleza y aun hasta de temas mucho más exóticos como, por ejemplo, la percepción extrasensorial, la astrología y el exorcismo. En
ocasiones le estimulaba mediante una pregunta o una afirmación perfectamente bien calculada para mantenerle hablando o para introducir un nuevo tema en el que quería saber su opinión.
La profundidad de sus conocimientos, especialmente sobre filosofía y el comportamiento humano, nunca dejaron de sorprenderme.
En una ocasión interrumpió su plática, mientras se encontraba profundamente metido en la violenta condena de la actitud de complacencia, falta de orgullo, y niveles de mediocridad que estaba convencido se habían convertido en la forma de vida de nuestro mundo,
Para preguntarme si me había dado cuenta que al escucharle estaba tomando un curso de "pretrapero"...
que era igual al que otros tomaban de "premedicina" o "propedéutico de leyes".
Entonces se apresuró a demostrar su aprobación por mi presencia recordándome que quienes finalmente se convirtieron en los mejores traperos habían sido individuos, como yo, que habían estado dentro de los basureros y habían salido de su propio cementerio para vivir.
Durante cinco meses asistí a la mejor universidad del país.
El profesor Simón Potter impartía la cátedra.
Yo escuchaba... y aprendía... mientras el me presentaba hábilmente a sus favoritos, tanto vivos como muertos, mediante anécdotas fascinantes y poco conocidas o mediante citas que utilizaba para dramatizar su tema principal... o sea, que todos poseemos algo más que la
 mera capacidad para cambiar nuestra vida por algo mejor... y que Dios nunca había puesto a ninguno de nosotros en un agujero del que no pudiéramos salir. Y que si estábamos encerrados en una prisión de fracasos y autocompasión, nosotros éramos los únicos carceleros... nosotros
Teníamos la única llave para nuestra libertad.
Habló del miedo a aprovechar las oportunidades, a aventurarse en empresas desconocidas y territorios que no eran familiares, y aun de como aquellos que
arriesgaban su futuro Para progresar necesitaban luchar constantemente contra esa urgencia de correr hacia su previo vientre familiar de seguridad sin importar qué tan sombría hubiera sido su vieja existencia. Simón señaló que Abraham Maslow, uno de los mejores sicólogos de Norteamérica, había llamado a esto el complejo de Jonás, o sea, el deseo de esconderse de la posibilidad de fracasar.
Creía fervientemente en la toma de decisiones y la posterior quema de los puentes que se encontraban detrás de uno para que se tuviera que hacer bien las cosas, y dijo como Alejandro Magno se había enfrentado una vez, a esta situación. Parece ser que el gran general iba a dirigir a sus hombres contra un fuerte enemigo cuyos hombres sobrepasaban en número a los suyos. Debido a la diferencia entre unos y otros, sus hombres mostraban poco
entusiasmo con respecto a la lucha, pues pensaban que se dirigían hacia su fin. Cuando Alejandro hubo desembarcado a sus hombres en la costa enemiga, expidió una orden para que fueran quemadas todas sus naves.
Mientras estas se hundían lentamente en llamas, Alejandro mandó llamar a sus hombres, y les dijo: "¿Observan cómo se queman sus barcos, ven como se convierten en cenizas que flotan en el mar? Esa es la razón por la cual debemos vencer, ya que ninguno puede abandonar esta despreciable tierra

a no ser que salgamos victoriosos en la batalla. ¡Caballeros, cuando regresemos a casa lo haremos en los barcos de los otros!"
Simón no creía que una persona debiera continuar en un empleo que le hiciera desdichado o miserable.
Citó a Faulkner para reforzar su argumento, tratando de imitar el acento sureño del gran escritor:
-"Una de las cosas más tristes de la vida es que la única cosa que podemos hacer durante ocho horas diarias, día tras día, es el trabajo. No podemos comer durante ocho horas al día, ni tampoco beber, ni hacer el amor durante ocho horas diarias... todo lo que podemos hacer durante ocho horas es el trabajo. Esta es la razón por la cual el hombre es miserable y desgraciado". Entonces, para resumir esa conferencia en particular, volvería a recalcar que debería abandonarse el empleo que hiciera que nos sintiéramos desdichados. Señor Og, no es cierto que la piedra que rueda no cría moho. ¡Una piedra que rueda puede criar moho y mucho más!
Presentó a Mark Twain para ilustrar su creencia de que la experiencia era por lo general una cualidad sobrestimada. Casi pude observar al viejo Samuel L. Clemens, con su arrugado traje blanco, mientras decía:
-"Deberíamos tener cuidado de obtener de una experiencia toda la sabiduría que contiene... no como un gato que se sienta sobre la estufa caliente. Nunca se volverá a sentar ahí... y eso está bien... pero tampoco se sentará en una fría.
Sentía poca compasión por aquellos que se quejaban de su condición o mala suerte debido a un impedimento ya fuera físico o del medio ambiente. Me 
recordo la ceguera de Milton, la sordera de Beethoven, la poliomielitis de Roosevelt, la pobreza de Lincoln, el trágico matrimonio de Tchaikovsky, los aterradores primeros días de pobreza de Isaac Hayes, la ceguera y sordera de Hellen KeIler y hasta la salida del ghetto de Archie Moore. Revivió para
mi, hechos como el que John Bunyon escribiera su libro Pilgrim's Progress mientras se encontraba en prisión, el que Charles Dickens pegara las etiquetas de los recipientes de betún para zapatos, el que Robert Burns y Ulysses S. Grant debieran pelear contra el infierno del alcoholismo, y el que Benjamin Franklin tuviera que abandonar la escuela cuando solo tenía diez años de edad.
Después me habló de Eddie Rickenbacker, al cual se le preguntó, después de ser rescatado, qué lección había aprendido mientras se encontraba a la deriva con sus compañeros en la balsa durante los veintiún días que pasó perdido en el Pacifico durante la Segunda Guerra
Mundial. Su respuesta fue: "La lección más grande que aprendí es que si se tiene toda el agua fresca que se quiere y toda la comida que se desea, no debemos quejarnos de nada más".
Simón opinaba que ninguna persona tenía un defecto que no fuera en realidad un beneficio en potencia en lugar de una adversidad... y un día me contó una breve fábula. Una vez había un ciervo muy elegante que admiraba sus cuernos y odiaba sus horribles patas. Pero un día llegó un cazador y las horribles patas del ciervo le permitieron correr y salvarse. Más tarde, los hermosos cuernos se le enredaron en la maleza, y antes de que pudiera escapar, fue alcanzado por un tiro.
Simón me observaría y diría:
-Señor Og, cuando empiece a sentirse apenado por usted mismo, recuerde esta copla: "Me sentía triste... porque no tenía zapatos... hasta que en la calle... encontré a un hombre que no tenía pies".
Siempre estaba definiendo palabras abstractas mediante analogías llenas de color. En una ocasión, cuando le pedí que describiera el amor, me dijo:
-Hace algunos años, en la carrera de Indianápolis, el auto de un fino corredor, llamado Al Unser, derrapó y se estrelló contra la barda. Solamente estuvo unos segundos dentro de su auto, que se quemaba, cuando otro auto derrapó y se detuvo junto a él. Entonces, mientras que los demás automóviles pasaban peligrosamente cerca del segundo auto, salió de este un joven llamado Gary Bettenhausen, quien corrió hasta el auto de Unser y empezó a
sacarlo de entre las llamas. El señor Bettenhausen se olvidó por completo de que estaba en una carrera y que había gastado una fortuna y muchos meses de preparación para ganarla. Ese acto era, para Simón, lo que constituía el amor.
Simón tenía otro favorito dentro del mundo de, las carreras de automóviles, Stirling Moss. Después de citar el axioma de Thoreau que dice que los hombres nacen para triunfar, no para perder, el viejo imitaría con precisión el acento británico de Moss para subrayar que el hombre puede alcanzar cualquier meta si está deseoso de pagar por ello. Repetiría la frase célebre de Moss:
-"Se me enseñó que cualquier cosa puede alcanzarse si se está preparado para entregarse, para sacrificarse a fin de lograrlo, Sea lo que sea que quiera llevar a cabo, puede hacerlo, si se desea lo suficiente... y yo realmente lo creo. Creo que si yo quisiera correr un kilómetro en  cuatro minutos, lo haría. Tendría que dejar a un lado todo lo demás en la vida, pero podría correr un kilómetro en cuatro minutos. Creo que si un hombre quisiera caminar sobre el agua y estuviera preparado para hacer a un lado todo lo demás, lo haría".
Y, por supuesto, Simón decía que la mayoría de los hombres renuncian demasiado pronto.
-Señor Og, en Sonoma, California, existe una maravillosa escuela de manejo para aspirantes a corredores de carreras o cualquiera que realmente desee aprender el arte de manejar. Se llama escuela Bob Bondurant, creo. Sus instructores dicen que la mayoría de los conductores de esta nación abandonan demasiado pronto sus autos cuando ven que están a punto de chocar.
Cuando se presenta la colisión dejan de tratar de salvar tanto al auto como a su persona mediante el viraje o la frenada adecuada, cuando podría hacerse mucho en el momento del impacto para disminuir la gravedad del choque. Se dan por vencidos... y pagan por ello. Lo mismo ocurre con la mayoría de los seres humanos... en la mayor parte de sus actividades cotidianas.
Entonces se levantaría, mirándome ceñudamente, extendiendo dos dedos en forma de V, para decirme lo que consideraba que Winston Churchill había proclamado como el secreto más grande para triunfar y que sólo contenía siete palabras.
-¡Nunca, nunca, nunca, nunca darse por vencido!
Aun cuando sus conversaciones se desviaban del tema, finalmente volvían hacia su gran interés por la creciente falta de dignidad del hombre y su común producto final, la muerte viviente. Lo que más le frustraba eran los muertos en vida que terminaban por convertirse en reales suicidas, vidas que no había podido salvar debido a que, como él decía, sencillamente "no podía estar en todas partes" y nunca parecía haber suficientes traperos.
-Señor Og, vea que hora es. Fíjesela en su mente y después recuerde esto: ¡Para mañana por la noche, a esta misma hora, más de novecientos cincuenta individuos tratarán de suicidarse en este país! ¡Piense en eso! ¿Y sabe qué? ¡Más de cien tendrán éxito!
Golpearía el brazo de su sillón y continuaría:
-Eso no es todo. Tendremos cuarenta nuevos adictos a la heroína en las próximas veinticuatro horas. Treinta y siete personas morirán debido al alcoholismo... y casi cuatro mil individuos desafortunados tendrán su primer colapso nervioso para mañana a esta misma hora. Después piense en las otras formas en las que demostramos que tan poco apreciamos la sorprendente creación que somos. En las próximas veinticuatro horas aproximadamente, seis mil individuos serán arrestados por encontrarse ebrios y trastornados, y más de ciento cincuenta que tan poco valoran sus preciosas vidas al manejar demasiado rápidamente, ocasionando su propia muerte o la de otros. Señor Og, ¿sabe usted por qué razón sucede esto, y por qué aumenta rápidamente aquí y en todo el mundo?
Simplemente negaría con la cabeza y esperaría.
-Debido a que todos nosotros sabemos que podemos ser mejores de lo que somos. Oh, es verdad que la mayoría de los seres humanos no pueden traducir este sentimiento en palabras, pero ha habido algo que le aleja, por completo, del reino animal. Y ese algo, prácticamente una segunda conciencia, continúa recordándonos durante los momentos más inesperados de nuestra estúpida vida que no estamos viviendo al máximo. Por lo tanto, esto solamente es lógico si sabemos que podemos ser mejores y no lo intentamos; si sabemos que podemos obtener más bienes mundanos y no lo hacemos; si sabemos que podemos realizar un trabajo más difícil y mejor pagado y no tratamos... entonces no pensamos mucho acerca de este
fracaso que se pasea por ahí llevando nuestro nombre. Gradualmente aumenta nuestro odio hacia esa persona. ¿Conoce algo de Maslow, señor Og?
-Jamás he sido capaz de entender lo que ha escrito.
-Maslow no es difícil si se lee lentamente y se piensa... dos actividades pasadas de moda en este país, creo. En una ocasión Maslow escribió que o las personas hacen cosas que son buenas y adecuadas y, por lo tanto, se respetan a sí mismas, o hacen cosas despreciables y se sienten desdeñables, sin valor e incapaces de ser amados. Para mi forma de pensar, Maslow no fue lo suficientemente lejos. Creo que la mayoría de los seres humanos se sienten
despreciables, sin valor y sin amor, sin hacer cosas despreciables. Solo con ser desaliñados en su trabajo o por no preocuparse por su apariencia, o no estudiar o trabajar un poco más para mejorar su posición en la vida, o por tomar ese trago innecesario, o por realizar otros mil actos
pequeños y estúpidos que empañan su propia imagen ya magullada es suficiente para aumentar el odio que sienten por sí mismos. La mayoría de nosotros no sólo tenemos el deseo de morir... ¡también el deseo de fallar!
Algunas veces Simón citaría a un escritor que citaba a otro.
-Señor Og, todos somos desdichados. Henry Miller siempre estuvo obsesionado por la frase de Tolstoi que dice: "Si eres desdichado... y yo sé que lo eres".
-Pero, Simón, la mayoría de nosotros somos desdichados sólo porque tenemos problemas.
Puedo llevarle, en este preciso momento, a un hospital de esta ciudad, en el cual hay pabellón tras pabellón de personas tremendamente felices... las cuales ríen todo el tiempo... ya no se enfrentan a sus problemas... y sus ventanas tienen barrotes.
-No estoy sugiriendo un estado eufórico imposible de felicidad permanente como una concha que durara toda la vida y nos protegiera. Eso es imposible. Los problemas, grandes y pequeños, estarán con nosotros mientras vivamos. Norman Vincent Peale dijo en una ocasión que la única vez que había encontrado personas sin problemas fue cuando se encontraba paseando en un cementerio. No, la felicidad no es la cura para todo, es un antídoto... algo que nos permitirá tratar y hacer frente a nuestros problemas y aun así mantener nuestra dignidad para que no renunciemos a la raza humana... y la última forma de renuncia es, por supuesto, el suicidio.
-¿Por qué diablos no podemos lidiar adecuadamente con nuestros problemas, Simón? ¿Por qué todos somos tan desdichados aun cuando los ingredientes para ser felices se encuentran a nuestro alrededor? ¿Es esta otra maldición, como el pecado original, solamente que peor?
-¿Por qué no somos felices? Lo repetiré para usted. Somos desdichados debido a que ya no poseemos dignidad. Somos desdichados debido a que ya no creemos ser un milagro especial, una creación especial de Dios.
Nos hemos convertido en ganado, en cifras, en tarjetas perforadas, en esclavos, en habitantes de ghettos. Nos observamos en el espejo y ya no vemos las cualidades divinas que una vez fueron tan evidentes. Hemos perdido la fe en nosotros mismos. Realmente nos hemos convertido en el mono desnudo del que habló Desmond Morris.
-¿Cuándo comenzó todo esto?
-No estoy completamente seguro. Pero, por supuesto tengo una hipótesis. Creo que comenzó con Copérnico.
-¿Copérnico? ¿El astrónomo polaco?
-Sí. En realidad era médico. La astronomía era sólo un pasatiempo. Antes de Copérnico, el hombre realmente pensaba que vivía en el centro absoluto del universo de Dios, aquí en la tierra, y que todas esas pequeñas luces de arriba estaban ahí sencillamente para deleitarlo, entretenerlo e iluminarlo. Entonces, Copérnico probó que nuestro planeta no era el centro de ninguna cosa y que constituía solamente otra pequeña luz redonda de polvo y piedra que se movía en círculos en el espacio permaneciendo cautiva de una inmensa bola de fuego mucho más grande que la Tierra. Esto constituyo un tremendo golpe para nuestro ego. Durante siglos nos negamos a aceptar los brillantes descubrimientos de este hombre. Para pagar ese precio, el conocimiento de que éramos menos que los pequeños niños de Dios, era terrible de contemplar. Por ello pospusimos el pago. Nos negamos a escuchar.
-¿Y después?
-Cuatrocientos años más tarde nuestra dignidad fue gravemente herida de nuevo. Gran Bretaña produjo un brillante naturalista, Darwin, quien nos dijo que no éramos criaturas especiales de Dios, sino que teníamos nuestro origen en la evolución del reino animal. Todavía le asestó otro golpe más a nuestra dignidad diciéndonos que descendíamos del reino animal. Esto constituyó
una pastilla desagradable para que el hombre se la tragara. Durante muchos años, como usted sabe, no había podido terminar de tragarla. Y para muchos constituyó una bendición ya que se reconocía y perdonaba mediante la ciencia el comportamiento bestial de la humanidad.
Después de todo, si éramos animales, ¿qué podía esperarse de nosotros? Así pues, nuestra imagen, nuestra dignidad y nuestro amor propio se deslizaron un poco más por la ladera de la miseria y el infierno. Darwin nos proporcionó nuestra licencia animal.
-¿Después de Darwin ...?
-¿Después de Darwin? ¡Freud! Y más ventanas rotas en la casa de la dignidad. Freud nos dijo que, éramos incapaces de controlar muchas de nuestras acciones y pensamientos y que no podíamos entenderlos, ya que su origen se encontraba en las experiencias de nuestra niñez más temprana y se relacionaban con el amor y el odio y la represión, ahora enterradas profundamente en nuestra mente subconsciente. Esto era todo lo que necesitábamos. Ahora teníamos el permiso de uno de los doctores más brillantes del mundo para hacer cualquier cosa que deseáramos para nosotros mismos... y para los demás. Ya no necesitábamos una explicación racional acerca de nuestras actividades. Sólo actuar... y echarle la culpa de todo a nuestros padres.
-Simón, deje asegurarme de que he comprendido lo que está diciendo. Su postura es que el hombre, en una época, posiblemente mediante una comunicación más íntima con su dios, creyó que realmente era una creación maravillosa, un ser superior hecho a imagen de Dios. Después empezó a hacer descubrimientos que gradualmente destruyeron la alta opinión que tenía de sí mismo, hasta que finalmente llegó a pensar: "Si no somos seres semejantes a Dios; si no vivimos en el centro del mundo de Dios; si en realidad sólo somos animales, y si no podemos controlar y explicar muchas de nuestras acciones, entonces no somos de mayor trascendencia que la maleza de nuestro jardín. Si en verdad no somos mucho más que cualquier cosa,
¿entonces, cómo podemos estar orgullosos de nosotros mismos? Y si no estamos orgullosos de lo que somos, ¿cómo podemos apreciarnos a nosotros mismos? Y si no nos apreciamos, ¿Quién va a querer vivir con esa clase de personas...? por lo tanto... librémonos de nosotros mismos.
Manejemos demasiado aprisa, o bebamos y comamos demasiado, o hagámonos los tontos a propósito para que nos despidan del trabajo y podamos meternos en un rincón a chuparnos el dedo y nos digamos a nosotros mismos que de cualquier forma no tenemos ningún valor, así que se vaya todo al diablo. ¿Es eso?
-Exacto.
Ahora me tocaba hablar a mí.
-Permítame añadir lo que puede ser otro clavo en el ataúd de la dignidad, Simón, siempre y cuando se pruebe que es correcto. ¿Ha oído hablar del profesor Edward Dewey y su Fundación para el Estudio de los Ciclos de la Universidad de Pittsburg?
-Sí. Hace muchos años adquirí una gran colección de ejemplares mensuales de la revista Cycles editada por su fundación. Deben estar empacados en algún lado. ¿Qué pasa con él, señor Og?
-El profesor Dewey ha pasado más de cuarenta años de su vida estudiando los ciclos, fluctuaciones rítmicas que se repiten con regularidad en todo desde los temblores hasta la abundancia de las cosechas y el precio de las acciones del mercado y las erupciones del Sol, y varios cientos más de diversas disciplinas.
-Lo sé.
-El profesor Dewey me visitó, hace tres años, y dijo que estaba impresionado por mis escritos en la revista Sucess Unlimited. Me preguntó si me gustaría trabajar con él en la creación de un libro sobre los ciclos que pudiera ser entendido por todos. Me sentí tan complacido debido a su petición que así la oportunidad por los cabellos. Pase más de un año escarbando en sus archivos, notas y gráficas y, finalmente, escribimos un libro llamado Cycles, Mysterious Forces That Trigger Coming Events.
-Señor Og, mientras más le conozco más me sorprende usted.
-Eso es mutuo, Simón. De cualquier forma, el profesor Dewey piensa que puede existir otro factor que afecta nuestras actividades y actitudes. Piensa que existe una gran posibilidad de que diversas posiciones planetarias, cuando tienen lugar, pueden ejercer algún tipo de fuerza inmensurable que afecta nuestro comportamiento en grupo, de forma que algunas veces nos hacen pelear, otras amar y otras nos hacen pintar, componer y escribir... y mientras tanto pensamos que hacemos estas y otras cosas simplemente por razones lógicas. Dice que bien podemos ser marionetas que penden de un hilo y que debemos aprender que es lo que controla dicho hilo, más allá, y entonces cortarlo, porque de otra forma nunca alcanzaremos totalmente nuestro potencial ni volveremos a obtener nuestra dignidad.
-Me agrada su profesor, señor Og. Ahora, si usted ha crecido y se ha educado con las posibilidades que dicen que solamente es un grano de arena con un poco de dominio si no es que nada sobre su destino, y después se ve expuesto, cada día, a sucesos que agotan su individualidad, y está inmerso constantemente en la basura negativa arrojada por los periódicos, la radio, la televisión, el cine y el teatro y combina todo eso con el interés por su propia seguridad, sus ahorros, el bienestar de su familia, su futuro y después añade a esto el miedo acerca de que el mundo se está convirtiendo en un lugar inmundo de contaminación o puede brotar por sí mismo un día de florecimiento, ¿cómo puede realmente mantener un grado de dignidad cuando debe pasar la mayor parte de su tiempo, y esfuerzo sencillamente tratando de sobrevivir? ¿Para qué pensar que se es algo grande? ¿Qué puede haber agradable en usted?
¿Qué tiene de maravilloso esta vida? ¿Quien llamó a esto un paraíso?
-Viejo amigo, de alguna forma me está pidiendo respuestas retóricas.
Simón frunció el entrecejo y sus hombros se hundieron momentáneamente por la debilidad de su descubrimiento. Posteriormente una amplia sonrisa desfiguró su rostro, sus ojos se abrieron al máximo, y subió el volumen de la voz.
-La respuesta paradójica, señor Og, es que a pesar de todas las fuerzas arregladas en contra nuestra aún seguimos queriendo estar orgullosos de nuestra vida. Seguimos deseando, con todo el corazón, alcanzar el máximo de nuestro potencial, y esto se debe solo a la pequeña llama de esperanza que sigue encendida dentro de nuestro ser y que sacude la vergüenza de nuestro fracaso y nuestro descenso gradual hasta la vergüenza común de la mediocridad.
Somos como esas figuras de las pinturas del Renacimiento que muestran almas condenadas al infierno que se deslizan hacia el fuego mientras que sus manos permanecen extendidas hacia arriba, aun tratando de asirse de algo, aun buscando ayuda, ayuda que por lo general nunca llega.
-¿Hay alguna esperanza, Simón? ¿Sirve de algo encender una pequeña vela en toda esta oscuridad?
-Siempre hay esperanza. Cuando se haya terminado toda esperanza, el mundo llegará a su fin.
Y no piense en una sola vela cuando busque sobrepasar la oscuridad de la desesperación. Si todos encienden una vela podríamos convertir la noche más oscura en el día más claro.
Traté de jugar al abogado del diablo.
-¿Pero no se ha estropeado y herido la raza humana debido al deseo de reparación? El mundo se mueve demasiado aprisa para el común de los mortales. Se hace a un lado, desde una temprana edad, y le deja su lugar al listo, al que no es escrupuloso y al mezquino. Por cada historia de éxito en este mundo existen mil fracasos miserables y la proporción no parece cambiar en una buena dirección al mismo ritmo que aumenta la población.
-Señor Og, me sorprende oírle hablar en esta forma. Parece estar midiendo el éxito y el fracaso como todo el mundo. No puede creer lo que está preguntando. No pudo haber escrito su libro pensando que el éxito se mide únicamente mediante balances bancarios.
-Tiene razón, Simón. Sin embargo, no puedo decirle en cuantos programas de aquellos en los que he tomado parte me han preguntado esto, ni cuantos individuos que no han leído mi libro y me han entrevistado, suponen que he escrito otro libro que le dice al lector como triunfar, lo cuál siempre se pone en paralelo con la manera de ser rico. Enfrentémonos a ello. En este país las palabras "rico" y "éxito" son sinónimos.
-Lo sé. Pero aunque sea triste, es la realidad.
-Y cuando trato de explicar frente a las cámaras que el libro tiene muy poco que ver con una ganancia financiera y mucho con paz mental o felicidad, con frecuencia consigo que se rían de mí y me hagan una serie de preguntas sumamente difíciles de contestar.
-¿Me podría dar un ejemplo, señor Og?
-Sí. Me dicen, por ejemplo, que es muy fácil hablar acerca de la felicidad y la paz espiritual, pero ¿cómo consigue que sonría un hombre sin empleo y que tiene que alimentar cinco bocas y no tiene nada en el refrigerador? ¿Cómo tranquiliza la mente y el alma de una joven madre de un ghetto que ha sido arrastrada por su medio mientras lucha para sostener a sus tres hijos sin padre? ¿Como convence a un agonizante que todavía puede disfrutar lo poco que le queda de vida? ¿Qué le dice a una ama de casa convencida de que está condenada a una vida de platos sucios y camas deshechas?
-Ninguno de los problemas que mencionó son fáciles de resolver; sin embargo, déjeme recordarle, una vez más, que cada uno de esos individuos y todos en este mundo siguen poseyendo su propia luz dentro de su ser. Puede haber disminuido en algunos, pero le digo que... ¡nunca, nunca se extingue! Mientras exista un aliento de vida habrá esperanza... y aquí es donde entramos los traperos. Sólo denos una oportunidad y nosotros podemos suministrar el combustible que será absorbido por cualquier luz sin importar que tan débil sea. Un ser humano, amigo mío, es un organismo adaptable y sorprendente, capaz de resucitarse a sí mismo de su muerte viviente, muchas veces, si se le da la oportunidad y se le muestra el camino.
-¿Es ahí en donde trabajan ustedes los traperos? ¿Entre los muertos en vida... entre los perdedores de la humanidad?
-Generalmente, sí. He descubierto que la mayoría de los individuos no desean ni están dispuestos a aceptar ayuda antes de tocar el fondo. En ese momento creen que ya no tienen nada que perder y, por lo tanto, son mucho más receptivos hacia mi sencilla técnica para ayudarles y que traten de empezar una nueva vida... para realizar el milagro más grande del mundo... para resucitar de sus muertes vivientes. ¿Acostumbra leer a Emerson, señor Og?
-No lo he leído desde mi último año de preparatoria.
-¡Qué lástima! Emerson debería ser leído por personas de treinta y cuarenta años de edad, no por adolescentes. Emerson escribió: "Nuestra fuerza nace de nuestra debilidad. La indignación que se arma con fuerzas secretas no despierta hasta que nos sentimos heridos y timados y penosamente abrumados. Cuando un hombre es empujado, atormentado, despreciado, tiene la oportunidad de aprender algo; se le ha dado ingenio, humanidad; ha obtenido hechos; aprende de su ignorancia; está curado de su locura de orgullo; ha obtenido moderación y una habilidad verdadera.
-Pero, ¿no es un sueño imposible su última meta? ¿No está tratando, como Quijote, de escapar de la realidad de esta vida, y no le importa estar condenado al mismo destino? Los viejos valores, los viejos principios, ya no funcionan actualmente. Lo que debe hacer para que ellos encuentren nuevamente su significado es cambiar por completo su medio ambiente. Simón, está hablando de cambiar el mundo. Se ha tratado de hacerlo una y otra vez. Hemos conseguido un Quien es Quien de Mártires que ha tratado y ha fallado.
-Ellos no fracasaron. Mientras la poderosa Roma se derrumbaba a su alrededor, un sabio llamado Paulino siguió cuidando un pequeño templo para mantenerse cuerdo y ecuánime. Actualmente puede encontrar en una librería las sabias palabras de este hombre... de este viejo y sabio trapero. Los mártires no fracasan cuando su corazón deja de latir. ¡Si hubieran fallado, usted y yo no estaríamos aquí sentados discutiendo la posibilidad de llevar a la práctica su meta común de hacer de éste mundo un lugar mejor en el cual puedan vivir todas las criaturas de Dios!
El viejo regresó a su sillón, y posó una de sus manos en mi rodilla.
-Señor Og, ¿por qué no tratar de cambiar al mundo? ¿Por qué no enseñarles a otros que pueden realizar un milagro en sus vidas? ¿Qué importancia puede tener para el hombre no vivir en el centro del universo si puede crear su propio mundo hermoso? ¿Por qué debe preocuparse el hombre por haber descendido del reino animal una vez que se da cuenta de que posee poderes que ningún otro animal tiene? ¿Y por qué preocuparse de que algunos de sus actos sean causados por impresiones de su juventud enterradas en su subconsciente cuando aún tiene la fuerza para dominar su mente y así ordenar su destino último? Solo el hombre, a su modo, tiene la última decisión sobre cómo vivir su vida.
Había dicho tantas cosas profundas y con importancia que yo tenía que interrumpir nuestra discusión o, por lo menos, alivianar el estado de ánimo para tener tiempo de digerir todos sus comentarios. Por lo tanto, prendí un cigarrillo y traté de hacer que picara el anzuelo.
-Simón, los astrólogos no tomarían muy en cuenta sus comentarios acerca del hombre pudiendo controlar su propio destino.
Asintió con la cabeza, con tristeza, y sonrió.
-Los videntes, los astrólogos, los médicos, quienes leen la mano, los numerologos, los síquicos... cada era tiene muchas frazadas de seguridad.
El viejo me despeinó.
-¿Conoce algo de Shakespeare, señor Og?
-Un poco.
-“La falta, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos...”
Simona.
Continuará.
IL Divo - The impossible Dream.

martes, 24 de agosto de 2010

El Milagro mas grande del mundo. Cap.4



Reconocimientos:
¡¡ Nuevamente la primavera  !!
Og Mandino… regresa.
Como decimos los ganaderos:
“Invernó realmente bien”.
Regresa de invernar con otra novela que nos inspira…
Para ser algo más… de lo que somos.
Gerald N. Battle.

 Capitulo 4. 
Pasó un mes antes de que lo volviera a ver.
Habían terminado las horas de trabajo y me encontraba solo en mi oficina tratando de disminuir la correspondencia que se había acumulado durante mi ausencia. Escuché el clic de la puerta exterior y me puse rígido. Quien quiera que haya sido, el último en salir olvidó echar llave, y las raterías se estaban convirtiendo en una forma de ganarse la vida en el vecindario.
Entonces, en la puerta de mi oficina, apareció Lázaro con movimientos  sin coordinación,  moviendo la cola; las orejas subían y bajaban; movía la lengua rápidamente... mientras jalaba
de la cuerda que conducía hasta su amo.


El viejo me abrazó.
-Señor Og, me da gusto verle. Lázaro y yo estábamos preocupados por usted.
-Estuve fuera de la ciudad por asuntos de negocios, Simón. Creo que alguien está tratando de cambiar mi vida.
-¿Para bien?
-No estoy seguro. A lo mejor usted puede decírmelo.
-Sabía que no estaba aquí, señor Og. Todos los días me asomaba por la ventana para ver su pequeño auto café. Nada... ni auto, ni señor Og. Y entonces, esta mañana ahí estaba. Me sentí
tan contento. Quería verlo y al mismo tiempo no quería molestarlo. Tardé todo el día en armarme de valor para venir a verle.
-Me alegro de que lo hiciera. De todas formas yo hubiera ido a buscarle para decirle las noticias sobre el libro.
-¿Son buenas?
-Todavía no estoy seguro de lo que me está pasando.
El viejo asintió y me dio unas orgullosas palmadas en el hombro. Después condujo a Lázaro hasta el perchero, en donde lo amarró.
El perro enterró la nariz en la alfombra y cerró los ojos.
-Se ve maravillosamente, Simón. Jamás lo había visto de traje y corbata.
Mi visitante tocó tímidamente la solapa de su arrugado saco Con sus enormes dedos y murmuro:
-No podía visitar al presidente de una compañía pareciendo un vagabundo, ¿o sí?
-¿Por qué no? Supongo que ustedes, los traperos, trabajan con disfraces de todos tipos y probablemente se han infiltrado en un mayor número de vidas que la CIA. Son ángeles sin portafolios.
El comienzo de una sonrisa se evaporo repentinamente cuando dije la palabra "ángeles".
Después se repuso y forzó una irónica sonrisa.
-Solo un escritor podría lograr una descripción tan aguda. Sin embargo, nosotros los traperos carecemos de recursos. Además existe una explosión demográfica de basureros humanos tan
vasta que no somos suficientes para hacer el trabajo adecuadamente. Me pregunto si el editor de su revista,  el señor W. Clement Stone, es trapero.
Los dos volteamos hacia el retrato de mi jefe que me miraba cálidamente desde la pared que se encuentra a la derecha de mi escritorio.
-Debe serlo, Simón. Él me sacó de un basurero, hace dieciséis años, cuando estaba acabado, solo y bebiendo con frecuencia.  
Es gracioso, pero parece ser que ustedes los traperos tienen
una política de silencio en cuanto a sus buenas obras. Debido a que me encuentro cerca de él he tenido la oportunidad de conocer a algunas de las personas a las que ha ayudado el señor Stone y, sin embargo, muy pocas de sus acciones como buen samaritano se publican en los periódicos.
Simón movió la cabeza en señal de aprobación.
-Esto se debe a que los traperos tratamos de seguir la ley bíblica que Lloyd Douglas hizo famosa en su libro Magnificent Obsession.
-O sea, hacer el bien y... callarse.
Su explosiva risa llenó la habitación.
-Eso es lo que quise decir, aunque nunca había oído que lo dijeran de esa misma forma. Creo que sigo prefiriendo el mandato original de Jesús, como lo escribió Mateo.
-Simón, ¿sabía usted que cuando se publicó el libro Magnificent Obsession la venta de Biblias se elevó increíblemente en todo el mundo?
-¿Por qué, señor Og?
-Porque todos empezaron a buscar el pasaje bíblico que dio origen a dicho libro, y Douglas, con un rasgo de ingenio, jamás lo señaló específicamente en su libro. El buscar el pasaje casi llegó
a convertirse en el pasatiempo más popular en este país durante un año, o más, haciendo de Magnificent Obsession un best seller. Además, aquellos que encontraron dicho evangelio, o Capítulo lo conservaron como un secreto al que podía aspirarse sólo si se descubría personalmente.
-Podríamos utilizar ese truco actualmente, señor Og.
-Sí. ¿Conoce el pasaje, Simón?
El viejo sonrió, se levantó y me observo desde el otro extremo del escritorio, cerró su mano derecha manteniendo erguido el índice hacia mí... Y mientras lo movía, dijo:
-"Estad atentos a no hacer vuestra la justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos.
"Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya, recibieron su recompensa.
"Cuando des limosna, no sepa la izquierda lo que hace la derecha para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará".
Estoy seguro de que nunca fue dicho de mejor forma... excepto en la montaña... hace dos mil años.
Le serví a mi amigo una taza de horrible café y platicamos un poco mientras caminaba, taza en mano, lentamente por mi oficina. Se detuvo frente a la pared en la que se encuentran algunas fotografías autografiadas y leyó en voz alta los nombres; su voz aumentaba en volumen gradualmente cada vez que leía otro nombre más, como queriendo significar que estaba impresionado.
El viejo lobo me estaba toreando y me encantaba.
-Rudy Vallee, Art Linkletter, John F. Kennedy, Charles Percy, Harland Sanders, Joey Bishop, senador Harold Hughes, Frank Gifford, James Stewart, Robert Cummings, Robert Redford, Barbra Streisand, Ben Hogan, Norman Vincent Peale...
¿éstos son sus amigos?
-Algunos sí... y los otros pensaron mostrar su agradecimiento por un artículo que les hicimos algún día.
-Me gusta James Stewart. Todas sus películas... son buenas. ¿Lo conoce?
-Le conocí hace muchos años. Yo era bombardero de su grupo B-24 durante la Segunda Guerra Mundial.
-¿Stewart era valiente?
-Muy valiente. Terminó su viaje de combate mucho antes de que hubiera escolta para proteger a nuestros bombarderos. Además podía beber más que ninguno de nosotros.
-Bien. Bien.
Simón prosiguió con él, inventario de mi oficina, probablemente comparándola con la decoración de su antigua oficina presidencial en Damasco. Un leve olor a alcanfor emanaba de su traje de corte severo y, sin embargo, lo llevaba con una dignidad y estilo que permitían imaginarlo detrás de un enorme escritorio de caoba, dando consejos cuando estos eran necesarios y también poniéndose difícil cuando alguien lo merecía.
Finalmente dejó la tasa de café y dijo:
-No puedo esperar más tiempo. Dígame sus buenas nuevas, señor Og.
-Usted me trajo buena suerte, Simón; estoy seguro de ello. Debe existir mucho de duende debajo de esa fachada de trapero suya. ¿Recuerda esa última noche, en su casa, cuando descubrimos todas esas sorprendentes coincidencias entre el héroe de mi libro y usted?
-¿Cómo puedo olvidarla?
-Bien, cuando llegué a mi casa encontré un mensaje de mi editor, Frederick Fell. Cuando le llamé me dijo que una gran editora de ediciones de bolsillo quería una cita con él, su vicepresidente, Charles Nurnberg, y conmigo, el lunes, para discutir la posible compra de los derechos de reimpresión de mi libro. Por lo tanto, la noche de ese domingo viajé hacia Nueva York.
-¿Estaba preocupado, nervioso?
-No mucho... por lo menos esa noche. Pero a la mañana siguiente, en Nueva York, me levanté a las seis y fume mucho y bebí una tonelada de café mientras esperaba que fuera hora de la reunión a la una. Aún así, llegué al edificio de la editorial, en la Quinta Avenida, con una hora de anticipación.
 Entonces... hice algo que no había hecho durante mucho, mucho tiempo. Justo al lado se encontraba una iglesia. Ni siquiera recuerdo el nombre, pero estaba abierta y entré.
-¿Que hizo después?
-Recé. En realidad caminé hasta el altar, me arrodillé y recé.
-¿Cómo rezó?
-De la única forma que se hacerlo. No pedí nada, solamente que Dios me diera el valor y el camino para manejar lo que viniera.
Es gracioso, Simón, pero casi pude escuchar una voz que
preguntaba: "¿Dónde has estado, Og?" Entonces, antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, comencé a llorar... y no podía parar. Afortunadamente no había nadie, pero de todas formas me sentí como un tonto.
-¿Por qué lloraba? ¿Lo sabe?
-Me imagino que el estar en una iglesia me recordó todos esos domingos en los que iba a misa con mi madre cuando yo era joven. Mi mundo casi terminó cuando ella murió, de un ataque cardiaco, justamente después de terminar la preparatoria. Ella era algo especial y me había convencido de que yo iba a ser escritor desde que estaba en la primaria.

Todavía recuerdo cómo revisaba mis composiciones y otros trabajos escritos que llevaba a casa. Teníamos una relación tan buena que ella criticaba mi trabajo, constructivamente, y yo siempre lo aceptaba y resolvía esforzarme más. Estaba tan orgullosa cuando me convertí en redactor de noticias de nuestro periódico del colegio que cualquiera pudo haber pensado que, había sido contratado por el New York Times. Ella quería que fuera a la universidad, pero en mil novecientos cuarenta estábamos pasando por una época difícil. Entonces murió... y yo entre a la Fuerza Aérea de la Armada.
-¿Nunca fue a la universidad?
-No.
El viejo volvió a observar mi oficina y sacudió la cabeza.
-Sorprendente. ¿Qué más sucedió en esa iglesia?
-Nada más. Finalmente dominé mis emociones, y para entonces ya casi era hora de nuestra cita, por lo que salí de la iglesia, crucé la calle y entre al edificio. Cuando salí del elevador en el piso veintiséis, me encontré a mí mismo caminando a lo largo de un gran corredor tapizado con fotografías de algunos de los escritores más famosos del mundo, cuyos libros habían sido publicados por esa compañía. Lo único que podía pensar era.
 "Mamá, lo logramos. ¡Estamos aquí junto a lo mejor!"
-¿Y su reunión con los ejecutivos de la compañía?
-Fue extraordinariamente bien. Una gran mesa de juntas, una gran habitación, muchos nombres, muchas caras. Como supimos después, ya habían decidido comprar los derechos de reimpresión. Lo que querían saber era si mi persona era adecuada para la promoción y el mercado junto con el libro.
-Balzac, Dickens, Tolstoi... habrían fallado en ese examen.
-Posiblemente esté en lo cierto. En fin, les hablé durante diez minutos, les dije como escribí el libro, y me imagino que les cause una buena impresión.
Ahora el viejo estaba reviviendo sustitutivamente cada minuto de mi actuación. Se recostó excitadamente y me señaló con ambas manos, motivándome para que continuara.
-Finalmente, el director de la junta observó a mi editor, Fred Fell, y le preguntó qué queríamos a cambio de los derechos. El señor Fell, con su mejor voz de jugador de póquer, contestó que deseaba un dólar por cada ejemplar en cartoné vendido hasta la fecha... y hasta ese momento habíamos vendido trescientos cincuenta mil ejemplares. Se dejó oír un poco de excitación alrededor de la mesa y el director dijo que no habían pensado llegar tan lejos. Entonces se excusó, hizo una seña a uno de los vicepresidentes, y ambos dejaron la habitación. Me imagino que solamente tardaron unos minutos, Simón, pero para mí fue como un siglo. Cuando regresaron, el director se dirigió hacia el señor Fell, le tendió la mano y él se la estrechó.
¡Así fue!
-¿Así de sencillo?
-Sí.
-¿Le están pagando trescientos cincuenta mil dólares?
-Sí.
- ¡Señor Og, usted es rico!
-No tanto como piensa. El señor Fell se queda con la mitad de eso y ambos lo compartimos con el Tío Sam.
-Pero, señor Og, ya ha obtenido una suma considerable en regalías por todos esos libros en cartoné, ¿o no?
-Sí.
-¿Sabrá usted que F. Scott Fitzgerald recibió solamente cinco dólares quince céntimos de regalías, tres años después de publicarse The Great Gatsby y que para la fecha de su muerte esa obra maravillosa estaba ya descontinuada?
-No, no lo sabía, Simón. No me malinterprete. No soy desagradecido. Todavía no puedo creerlo.
Posiblemente fue mi oración en la iglesia.
-Y probablemente fueron las oraciones de su madre, amigo. Ahora dígame, ¿a dónde ha estado el resto del mes?
-Bien, ya que la edición de bolsillo no saldrá hasta la próxima primavera, el señor Fell decidió promover la edición actual durante el verano y el invierno, por lo que estuve de acuerdo en salir en viaje de promoción para la radio y la televisión durante tres semanas. He estado en catorce ciudades, he sido entrevistado más de noventa veces... está empezando a gustarme...
aun hasta las sesiones de autógrafos en las librerías.
-Estoy muy feliz y orgulloso por usted, señor Og.
Permanecimos sentados durante un rato, éramos dos camaradas compartiendo una victoria.
Platicamos un poco antes de que tuviera el valor suficiente para preguntarle:
-Simón, ¿tuvo oportunidad de leer mi libro?
-Por supuesto. La misma noche que me lo regaló. Es hermoso. Los de la edición de bolsillo venderán millones de copias.
Señor Og, el mundo necesita su libro.
Eso era adecuado para mí. Podían hacer todas las demás críticas del libro que quisieran.
Simón se levantó y dijo:
-Venga. Debemos celebrar, con un jerez, su buena suerte.
Acepté.
Después de habernos instalado en las sillas acostumbradas y de que Simón había servido el jerez, resumió nuestra conversación en la oficina.
-Señor Og, las asombrosas similitudes entre su gran vendedor y mi vida me han dado muchas noches de insomnio. Y las extrañezas posibles, después de todas las demás coincidencias, como es que tanto la esposa de Hafid como la mía se llamaran Lisha, deben estar más allá de la capacidad de cálculo de una computadora.
-He tratado de olvidarme de todo, Simón. Creo que las personas que estudian la percepción extrasensorial llaman precognición a este tipo de cosas. O puede no serlo. Escribí el libro antes de conocerle, pero usted vivió esos sucesos antes de que yo escribiera el libro. No se cómo llaman a esto, pero me aterra pensarlo.
¿Usted cree que sólo se trata de una coincidencia?
El viejo suspiró y sacudió la cabeza.
-Coleridge escribió que la casualidad es solamente un seudónimo de Dios para esos casos particulares en los que Él escoge no aparecer de modo abierto mediante su firma.
-Me gusta eso. Y si este es uno de los secretos de Dios no creo que haya mucho que podamos hacer... por lo tanto no voy a profundizar en ello. Ni siquiera lo he discutido con alguien.
¿Quién me creería?
-Es una suerte que nos tengamos el uno al otro, señor Og.
Bebimos nuestro jerez en medio de una tranquilidad que solamente puede, ser experimentada por dos personas que verdaderamente se relacionan entre sí, una paz que no necesitaba ser molestada con palabras sencillamente para reforzar la amistad. No sabía lo que Simón pensaba, pero yo estaba tratando de armarme del valor suficiente para hacerle una sugerencia, una que me había venido a la cabeza mientras volaba desde Nueva York después de mi reunión con los editores.
Una cosa que aprendí en Nueva York era que un buen esfuerzo propio y una inspiración al escribir eran de primordial importancia. Parecía ser que ya se tratara del estado de la nación, o sólo otro ciclo publicitario, todas las editoriales estaban buscando otro Wake Up And Live (Despierte y viva) o The Power Of Positive Thinkins (El poder del pensamiento positivo) o How
to Win Friends and Influence People (Cómo ganar amigos y como influir en las personas). Cada vez que nuestro país va de pique parece ser que los libros sobre esfuerzo propio llegan al máximo de ventas y la mayoría de los editores tratan de adelantarse al futuro, y aparentemente el país se dirigía hacia otra "baja". Pensé que Simón era una persona con talento innato. Me aventuré.
-Simón, ¿a cuantas personas cree haber ayudado en su papel de trapero?
No vaciló.
-En los trece últimos años... cien.
-¿Exactamente?
-Sí.
-¿Cómo lo sabe? ¿Ha llevado algún tipo de diario?
-No. Al principio de mi aventura mis intenciones eran buenas pero mis métodos para tratar de ayudar constituían un intento y un error... principalmente un error. Me temo que hice más daño que bien a esos primeros casos que descubrí, ya que les saqué parcialmente de su muerte viviente y después, a causa de mi ignorancia, les dejé caer nuevamente. Trataba de ayudar de diferente manera a cada uno de acuerdo con su personalidad individual. Gradualmente me di cuenta que debido a que somos diferentes (cada uno único en su forma), nuestra falta de dignidad que originó nuestro fracaso, es una enfermedad universal producida siempre por un complejo de ansiedad, culpabilidad o inferioridad... los tres niveles de los problemas emocionales aceptados por la mayoría de los estudiantes de siquiatría. Como no sabía mucho sobre esta materia, tuve que aprenderlo en la forma más difícil... en la calle y en los basureros, y después en mis libros.
-¿Y cuando descubrió este común denominador hizo algo para uniformar su sistema de ayuda?
-Sí. El hombre ha estado tratando de resolver el reto de su escurridiza dignidad desde que empezó a caminar erguido, y los sabios han escrito sobre la enfermedad y su cura durante varios siglos... cada uno ha dado una solución similar, la cual, claro está, seguimos ignorando.
Cuando esta verdad se me presentó claramente, dediqué varios meses encerrado en este departamento a la lectura de mis libros, extrayendo y purificando los verdaderos secretos del éxito y la felicidad para ponerlos en palabras tan sencillas como las verdades que proclaman... tan sencillas que la mayoría de los individuos que buscan una respuesta para sus problemas las reconocieran inmediatamente, sin tener que pagar un alto precio por seguir dichas normas sencillas al intentar conseguir una vida feliz y llena de significado.
-¿Cuantas normas son?
-Sólo cuatro... y después de esos meses de trabajo y una montaña de apuntes, me pareció que las pocas páginas que contenían la esencia de los secretos del éxito no merecían todo el trabajo que había realizado. Entonces me recordé a mí mismo que se necesitaban ya varias toneladas de piedra para producir una onza de oro. Subsecuentemente tomé mis descubrimientos y los
utilicé a mi manera... y ¡jamás han fallado!
-¿Posee ese material en forma escrita?
-Cuando terminé mi trabajo, en forma manuscrita, lo lleve a un pequeño establecimiento de Broadway. Lo escribieron a máquina, con el formato que les proporcioné, y copiaron cien veces el original. Después numeré cada copia, del uno al cien.
-¿Cómo distribuyó el material? ¿Usted no lo proporcionó a cada alma vagabunda que encontraba, verdad?
-Oh, no. Por lo general el hombre no se precipita a un basurero hasta después de darse cuenta de que nadie se preocupa realmente por él. Cuando encuentro a alguien que necesita ayuda, primero trato de convencerlo de que todavía existen dos que se preocupan por él o ella: Dios... Y  yo.
Uno en el cielo... y otro en la tierra.
-¿Y después?
-Una vez que lo he convencido de que verdaderamente nos Preocupamos y queremos ayudarlo, una vez que sé que confía en mí, le digo que le voy a proporcionar un documento muy especial que contiene un mensaje de Dios. Le digo que lo único que quiero son veinte minutos de su tiempo todos los días, para que lea el mensaje que Dios le mandó... justamente antes de ir a dormir. Y que eso tiene que ser durante cien noches consecutivas. A cambio de esos veinte minutos diarios, que es un precio muy reducido, especialmente para quienes el tiempo ya no tiene mucho valor, aprenderá cómo salir del basurero y realizar el milagro más grande del mundo. Resucitará de su muerte viviente, literalmente, y al fin logrará todas las verdaderas riquezas de la vida con las que ha soñado. En otras Palabras, el mensaje de Dios, absorbido día a día por su subconsciente más profundo, que nunca duerme, les permite convertirse en su propio trapero.
¡Su esfuerzo propio al máximo!
-Un mensaje de Dios. ¿No le asusta eso? Especialmente porque usted parece una fotografía de Dios. Su barba, su figura, su forma de ser, su altura, su voz...
-Señor Og, se está olvidando de algo. Yo empujé a estas personas fuera de sus propios infiernos. De su mente ya han abandonado esta vida. Están completamente seguros de que nada puede ayudarles y por eso están deseosos de asirse a cualquier mano que se les tienda.
Es un poco de esperanza.
-¿Esperanza?
-Sí. ¿Conoce la historia del famoso fabricante de perfumes al cual se le pidió durante la comida que ofreció el día de su retiro que explicara el secreto de su éxito? Le recordó al público que el éxito no había surgido por las finas fragancias o los envases o los métodos de mercado que había utilizado con tanto ingenio. Había triunfado debido a que era el único fabricante de perfumes que se había dado cuenta de que lo que estaba vendiendo a las mujeres no era aromas exóticos o glamour o magnetismo sexual.
 Lo que les vendía era... ¡esperanza!
-Eso es maravilloso. Ahora bien, regresando al mensaje de Dios...
-En realidad, señor Og, cuando les proporciono el documento se percatan de que no sólo es un mensaje... es un memorándum de Dios. Tengo el documento escrito e impreso con el mismo formato que se utiliza en los memorándums de las oficinas.
Empecé a reír.
-¿Un memorándum de Dios? ¡Simón...!
-¿Por qué no? Hace mucho tiempo Dios se comunicó con nosotros esculpiendo los diez mandamientos en dos tablas que mandó a Moisés en el monte Sinaí. Más tarde, escribió una advertencia en las paredes del palacio del rey Baltasar. ¿Cómo se comunicaría actualmente con nosotros, si decidiera hacerlo por escrito?
¿Cuál es la forma más moderna de la comunicación escrita?
-¿Los memorándums?
-Exacto. Son concisos; tienen una forma universal; son prácticos, y pueden encontrarse en casi todos los países del mundo. Nuestra nación funciona mediante memorándums... o, a lo mejor, a pesar de ellos. ¿Cuántos trabajadores empiezan cada día con las instrucciones que de sus supervisores reciben en forma de memorándums... memorándums puestos en pizarrones...
pegados en las troqueladoras... al final de las líneas de ensamble... en todas las fuerzas armadas... y pasan de mano en mano en millones de oficinas? Un memorándum se relaciona mayormente con esta generación... ¿así, que formato más efectivo que un breve memorándum de Dios podría dárseles a todos aquellos que necesitan la ayuda de los cuatro secretos de la felicidad y el éxito, en este apresurado mundo?
Su revelación me sacudió de tal forma que casi había olvidado la razón por la cual había sacado a relucir todo esto. En parte, para mí mismo, murmuré:
-¿Un memorándum de Dios?
Simón me escuchó y señaló hacia sus libros.
-¿Por qué no? Me ha oído exponer, suficientes veces, mis teorías acerca de que Dios estaba involucrado en la escritura de muchos libros. Yo sólo extraje la esencia, suprimí a los mediadores humanos, y escribí un mensaje que proviene directamente de Dios.
-Querido amigo, ciertamente no soy un experto en dicha materia, ¿pero no podrían llamar a esto una blasfemia algunas personas?
El viejo sacudió la cabeza en esa forma tan especial que hace uno cuando trata con un niño que obviamente está teniendo problemas para entender algo que le parece tan sencillo a un adulto.
-¿Por qué razón va a ser una blasfemia? La blasfemia se relaciona con asuntos de Dios tratados de una forma profana o burlona. Lo que yo he hecho ha sido realizado con amor y respeto sin pensar obtener algún beneficio personal, ¡y... funciona!
-¿Cómo funciona, Simón? No me está diciendo que simplemente por leer un memorándum de veinte minutos, proveniente de Dios o de cualquier otro, una persona puede cambiar su vida por otra mejor. ¿Puede tener la lectura de cualquier clase algún tipo de influencia sobre alguien... ya sea para bien o para mal? Recuerdo haber leído hace poco tiempo un informe de la comisión contra el crimen, en el cual uno de los miembros de esa comisión dijo, que no existía
una relación directa entre la pornografía y el crimen y que, por lo que sabía, nadie había concebido ni se había enfermado por leer un libro sucio.
-Señor Og, la persona que hizo esa declaración debe ser muy estúpida e ingenua. Recuerde lo que le dije sobre los pensamientos que posee un individuo y como afectan sus acciones y su vida. Estoy de acuerdo en que el simple hecho de leer un memorándum de veinte minutos, una vez, hará muy poco. Pero, leer el mismo mensaje cada noche, antes de ir a la cama, abre muchos pasajes ocultos de la mente... y, durante la noche, esas ideas se filtran a todos los niveles de su ser. Al día siguiente, cuando está despierto, empieza a reaccionar inconscientemente, casi imperceptiblemente al principio, de acuerdo con el mensaje que imprimió en su cerebro la noche anterior. Lentamente, día a día, usted cambia... ya que el mensaje se trasforma de palabras e ideas en acción y reacción por su parte. No puede fallar, suministrándole lectura e impresión todas las noches.
-Pero, Simón, hemos poseído los Diez Mandamientos durante varios miles de años y observe la confusión en la que se encuentra el mundo.
-Señor Og, no culpe a los Mandamientos. ¿Cuantas personas los leen? ¿Puede usted, por ejemplo, recitar los diez?
Negué con la cabeza, y para ese entonces casi había olvidado mi idea original que dio lugar a esta conversación. Volví a intentar un acercamiento:
-Simón, usted mencionó que había ayudado a cien individuos. También dijo que cuando mandó imprimir el "Memorándum de Dios" había ordenado cien copias y las había numerado. ¿Significa eso que ahora no tiene, ni una?
-Sí, excepto por el original, de la cual fueron reproducidas las otras.
-¿Va a mandar hacer más?
-Señor Og, soy viejo y mis días están contados y, como ya le dije antes, existen muy pocos traperos. Es hora de que realice el esfuerzo supremo de multiplicarme para que mi trabajo continúe después de que me haya ido.
-¿Cómo le va a hacer, Simón?
-Me gustaría que considerara una proposición. Me encantaría que leyera el original del "Memorándum de Dios" y viera si llena lo que debería ser su destino... su destino preordenado.
-¿Cómo?
-Al final de su libro, su vendedor más grande del mundo, entonces un viejo como yo, pasa sus diez pergaminos del éxito a una persona muy especial. ¿No sería posible que, después de todas esas misteriosas coincidencias entre el héroe de su libro y mi persona, tuviéramos una más... la última coincidencia?
-Lo siento, Simón, pero no le entiendo.
-Si quisiera, si aceptara... me gustaría proporcionarle el original del "Memorándum de Dios" a una persona muy especial... ¡usted!
 Si le agrada, si se convence de que puede ayudar a otros
como yo le aseguro que puede, cuenta con mi autorización para incluirlo en uno de sus futuros libros, si así lo desea, y de esta manera será conocido por el mundo y beneficiará a miles -posiblemente a millones- de personas.
¿De qué mejor forma puede un viejo trapero multiplicarse a sí mismo?
¿Había leído mi pensamiento? ¿Se trataba dé otra imposible coincidencia el que él me ofreciera su escrito este día, y todos los días en los que había estado planeando pedírselo?
-No sé qué decirle, Simón. Me siento honrado de que usted pueda considerarme su instrumento de trasmisión.
-Usted sería lo ideal. Pero no tome una decisión apresurada sobre esto. Considérelo durante varias noches. Todavía hay tiempo. Y, por supuesto, si acepta el "Memorándum de Dios" debo pedirle un pequeño pago por mi trabajo, como lo haría cualquier autor que se respetase a sí mismo.
-¿Pago? De acuerdo.
-No, no... no me entiende. No estoy hablando de dinero. Si el "Memorándum de Dios" pasa a sus manos, es necesario, en primer lugar, que me prometa que lo usará personalmente antes de que lo presente al mundo. Usted es una persona maravillosa y sensible, señor Og. Pero hay en su mirada algo que me dice que no ha encontrado la paz o la satisfacción o la realización, aun a pesar de todos sus éxitos. El mundo lo alaba, pero usted no se elogia.
 Para mí, existe ese sentido familiar de desesperación en su comportamiento. Algo que no se ha llevado a cabo en usted y tengo miedo que tarde o temprano explotará, a menos de que vuelva a trazar su mundo.
Si explota, caerá hasta lo más profundo del basurero, y este viejo trapero ya no estará para salvarle. Eso no debe ocurrir.
Algunos gramos de prevención valen más que un kilo de curación. Por lo tanto, cuando usted reciba el “Memorándum de Dios” debe estar de acuerdo en que primero lo empleará para reafirmar y guiar su propia búsqueda de la felicidad y la paz mental.
 Entonces, y sólo entonces usted lo trasmitirá a quienes estén listos ... a quienes posean ojos para ver y oídos para escuchar ... y el deseo de ayudarse a sí mismos.
-¡Está bien, Simón...!
-Señor Og, usted posee un gran potencial. Es un extraño talento. No debe desperdiciarse. ¡Veré que eso no pase!
-Simón, sus palabras hacen que me sienta muy humilde, muy pequeño.
-Está muy lejos de ser insignificante, querido amigo. ¡Observe! Observe en qué lugar he puesto su libro.
Volví la cabeza y seguí la dirección de su mano abierta hacia la pila más alta de libros de "la mano de Dios" de su sala.
¡Ahí, hasta arriba de todos, estaba el mío!
                                               Simona.
Continuará.
Dionne Warwick, Elton John, Stevie Wonder "That's What Friends Are For" [subtitulado]